¿Católicas? ¿Por el derecho a decidir?

No sin profundo dolor se lee sobre la existencia y la fuerte agenda anti-vida de una organización que usa instrumentalmente el título “Católico”, para promover la más conformista mentalidad neo-malthusiana; conformista porque en realidad acepta acríticamente la agenda de las fuertes presiones internacionales – motivadas más por intereses económicos que por una preocupación real por la salud y la promoción de la mujer – y se conforma a la mentalidad de este mundo traicionando valores que son absolutos, porque están a la raíz de la dignidad y santidad de toda vida humana.

La verdad y la belleza de las orientaciones que el Magisterio de la Iglesia ofrece para la vida de los hombres y mujeres de nuestros confusos tiempos es algo que todos los católicos agradecemos y nos sentimos llamados a conocer, profundizar y difundir cada vez más. A la vez nos  damos cuenta de que estas luces no son sólo para los Católicos, sino que están al  servicio del hombre mismo, de todos los hombres y mujeres de buena voluntad. En efecto, en tiempos como los nuestros, la Iglesia es cada vez más custodia y protectora de lo humano en medio de la confusión moral reinante. No es poco el daño que puede hacer una organización que usurpa el nombre de católica, usándolo instrumentalmente para desobedecer abiertamente al Magisterio y atacar a la Iglesia en las sedes internacionales. Es sabido  que esta organización cuenta con apoyo político y financiero de potentes fundaciones neo-malthusianas internacionales y tiene una aguerrida agenda para tratar de promover el disenso entre los fieles.  

Que podamos nosotros, en nuestro compromiso constante por trabajar por promover la dignidad, santidad e inviolabilidad de la vida humana, la belleza del plan de Dios para el hombre y la mujer, el “genio femenino” y su particular contribución a la sociedad, hacer llegar la verdad a cada vez más de nuestros contemporáneos, muchos de los cuales viven en una profunda insatisfacción y vaciedad porque no conocen la grandeza y dignidad de su vocación humana, tal y como ha sido concebida por el amoroso plan de Dios y tal y como se nos manifiesta en nuestro Señor Jesucristo.  

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