Septiembre-Octubre 2008: "Diferencia mujer-hombre: La diferencia originaria"

Esta breve reflexión tiene la intención de plantear, ante todo, una cuestión preliminar: ¿concierne la diferencia entre hombre y mujer también la filosofía, o es una cuestión que, por un lado,  sólo interesa a las ciencias humanas y, por otro, a la teología?

Seguramente se podrá responder que la diferencia es un problema filosófico, si se consigue demostrar que ésta no es exclusivamente un dato biológico, o una simple construcción histórico-cultural, sino que está enraizada en la estructura constitutiva  del ser humano, que existe solamente en lo concreto del hombre y de la mujer. De hecho, no se puede hacer una consideración abstractamente dualística que quiere separar, en el sujeto, las dimensiones espirituales de la corporeidad, sino que esta última está integralmente marcada por la diferencia sexual por la que el cuerpo es siempre el de un hombre o de una mujer. Por lo tanto, la reflexión sobre la diferencia no es meramente un capítulo separado de la filosofía, sino que atraviesa o, en modo más realista, debería atravesar transversalmente toda la antropología que no puede proponer sus afirmaciones sin tener en cuenta el hecho originario que es inseparable de la existencia humana en el mundo.

La cuestión inicial sobre el significado filosófico de la diferencia se convierte así en lo que es posible articular, en un mismo plano, la unidad de la idéntica naturaleza humana y la dualidad de la diferente pertenencia sexual. La diferencia es ciertamente originaria, como ya se ha señalado, porque no se puede separar de la existencia y, por otro lado, tampoco es en cierto modo ontológico, pues implica dos seres que comparten la misma humanidad, poniéndose frente a la paradoja de una realidad humana que a la vez es una y dos.

Aquí se presenta un problema de las antiguas raíces, que siempre ha caracterizado la historia del pensar, o al menos la tradición filosófica occidental, es decir de cómo es posible conciliar la unidad con la multiplicidad sin que la relación entre la una y la otra en seguida se configure entre ambas como una subordinación jerárquica y que, siendo éstas diferentes, no pueden tener el mismo valor. Con otras palabras, la cuestión es la de la relación entre el sujeto y la alteridad que quiere ser reconocida como tal, sin ser reducida a un modelo de la que sería una copia deformada.

Sabemos que, históricamente, la mujer ha sido considerada sobre todo la copia deficiente de hombre, que encarna el prototipo humano, pero tal visión no hace justicia a la mujer, considerada inferior, ni al hombre que permanece prisionero de una soledad que excluye toda verdadera relación recíproca. Por ello, la unidad de la naturaleza humana debe continuar constituyendo el punto de partida de toda reflexión antropológica, pero también es necesario adquirir la conciencia de que ésta ya es intrínsecamente dual y que, por lo tanto, cualquier afirmación sobre el sujeto es, en realidad,  la de dos sujetos, hombre y mujer,  que tienen la misma dignidad pero que uno no reduce al otro.[1]

Formulando la cuestión en estos términos, es evidente que ninguno de los dos puede construir el modelo de la humanidad al que el otro tenga que adecuar, sino al contrario, la humanidad es así precisamente porque es concretamente encarnada en lo diversamente experimentado por cada uno de los dos. Así se ponen también las premisas para una comprensión profunda y no superficial de la relación entre hombre y mujer, porque en la identidad humana compartida se funda la posibilidad de una relación capaz de involucrar todo el sujeto, mientras que, gracias a la diferencia, cada uno puede recibir del otro un enriquecimiento que, de otro modo, permanecería inaccesible.

Como dicho inicialmente, esta es sólo una reflexión introductiva que ciertamente no pretende proponer un tratado filosófico de temas relativos a la diferencia entre los sexos, sino solamente poner las bases que, más tarde, hagan posible tal tratado, excluyendo toda visión parcial o que infravalore la realidad humana, idéntica y diferente, del hombre y de la mujer.


[1] J. DE FINANCE, A tu per tu con l’altro. Saggio sull’alterità, Roma 2004, p. 21: “El hecho es que esta alteridad dice totalmente otra cosa de la participación de más individuos en una misma esencia. Esta divide, en cierto modo, la esencia misma...” (N.d.T.).

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