Noviembre-Diciembre 2011: "Sophie Scholl, una joven intrépida"

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El pasado 9 de mayo se cumplieron noventa años del nacimiento de Sophie Scholl, una joven alemana, dedicada a la resistencia no-violenta contra la opresión nazi. Había crecido en una familia unida, con una madre atenta y un padre extraordinario, que inculcaron a los hijos los valores de la ciudadanía y la cultura, nutridos de una fe sincera, luterana, sin dogmatismos. Sophie, de niña formó parte de la “Liga de chicas” impuesta de hecho por el régimen; posteriormente tomó una creciente conciencia de las injusticias y atropellos que se perpetraban en nombre del pueblo alemán: tenía dos compañeras judías, que tenían un aspecto claramente “ario” (mientras ella era morena) a las que veía marginadas; un profesor suyo había desaparecido de modo repentino de la escuela; en su ciudad, Ulm, había un campo de concentración para “políticos”; su padre había sido encarcelado solamente por haber expresado un juicio negativo contra Hitler… Además, como apasionada lectora de autores como Stefan Zweig, Hans Carossa, Stefan  George, Thomas Mann – censurados casi todos – Sophie no podía soportar un régimen que trataba de “degenerados” a escritores para ella preciosos y reaccionaba como podía: «Aún sin entender mucho de política, y ni siquiera tengo la ambición de entenderla, sin embargo poseo un poco de sentido sobre lo que es justo y lo que es injusto, porque esto nada tiene que ver con la política y la nacionalidad. Y me dan ganas de llorar, por la crueldad de los hombres de la gran política, por el modo como traicionan a sus hermanos solamente para sacar provecho.»

Durante el servicio civil obligatorio creció en ella el sentido de la urgencia de oponerse al régimen y el deseo de dar sentido a su actuar: «Un sentido de la vocación o algo similar no lo tengo. Pero si se quiere ser artista se debe, ante todo, ser persona. Surgiendo desde lo profundo. Quiero intentar trabajar en mí. Es muy difícil.» (Carta a su hermana Inge, 8.VII.1938).

Cuando Sophie se dio cuenta que Hans – su hermano mayor, al que mucho admiraba – había iniciado actividades secretas, comprendió que ése era el sentido que debía dar a su vida en aquel período oscuro. Sin embargo, debió rogarle insistentemente que la incluyera en el grupo, porque Hans, por la educación recibida y por un sentimiento de protección de su hermana menor, no quería comprometerla y además pensaba que una mujer debería permanecer al margen de acciones riesgosas. Pero tuvo que ceder: Sophie adhirió sin reservas a la “Rosa Blanca” (nombre dado por Hans al grupito de amigos) y se convirtió en una conspiradora activa y preciosa, dado que podía moverse con menor riesgo, pues como mujer era menos controlada por las SS.

Ni Sophie ni sus compañeros de lucha eran fanáticos de afirmar ideologías a cualquier precio. Eran simplemente coherentes con los valores humanos y cristianos de hermandad y de justicia y pensaban que en ese período histórico su primer deber era combatir, con métodos de resistencia pasiva, contra la barbarie y el desprecio del hombre. El núcleo de la Rosa Blanca estaba formado por cinco jóvenes universitarios alemanes que, durante 1942 y en las primeras semanas de 1943, desafiaron el régimen en el único modo que les pareció posible: comunicando la verdad. Pusieron continuamente en peligro su vida, difundiendo en Alemania y Austria una serie de volantes (seis) contra Hitler, que imprimían de modo clandestino, con el objetivo de llegar al mayor número posible de personas y hacerlos conscientes de lo que estaba sucediendo verdaderamente («Cada palabra que sale de la boca de Hitler es una mentira…»). Se trataba de contrastar la falsa propaganda: comunicar los horrores que se estaban consumando contra los hebreos, informar de las derrotas militares de los nazis, especialmente en el frente ruso en Stalingrado, apelar a los grandes ideales de la cultura y a las lecciones de la historia, exhortar a los compatriotas a la rebelión, al sabotaje, a la deserción.

Como Hans, Sophie amaba mucho a su familia y se rehusaba a someter los lazos familiares a la patria, a la Volksgemeinschaft que se identificaba con el partido-que-lo-era-todo. Toda su familia daba fuerte testimonio de coherencia, de acciones según la conciencia y la inteligencia: «Las leyes cambian, la conciencia permanece».

El amor por la familia era fuerte, pero Sophie no hubiera podido anteponer los lazos afectivos al deber de justicia que la urgía por dentro. Al mismo tiempo, cultivaba un indudable amor por la patria pero esperaba en una derrota de Alemania que la liberara del régimen. Enamorada de la naturaleza y de la cultura: amaba la lectura («En la noche, cuando las demás bromean entre ellas, yo leo a San Agustín»), la pintura, el deporte, la música, los amigos, su enamorado Fritz Hartnagel. Fue condenada a la guillotina por el Tribunal del Pueblo de Mónaco de Baviera, cuando contaba solo con 21 años, el 22 de febrero de 1943 por traición contra el Estado y el Führer. Junto a ella fueron decapitados su hermano Hans, su amigo Christoph Probst y, dos meses después, otros amigos como Alexander Schmorell, Willi Graf y el profesor de filosofía Kurt Huber. 

La historia de Sophie es la de una joven moralmente íntegra, capaz de buscar la verdad y de dar la vida por ella, defendiendo con valor la libertad de pensamiento, los valores morales y civiles, la unidad de los afectos contra un Estado que destruía las conciencias idolatrando la patria y la raza. Con el hermano habían asumido como propio el lema de Maritain: «Un espíritu inflexible y un corazón tierno». Llegó a la muerte, según todos los testigos, con grandísima dignidad y serenidad, convencida de que “el sol brilla todavía”.

A partir de los años setenta, Sophie fue honrada en Alemania y en el mundo y ganó un puesto entre los “justos” de la tierra.

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por Giulia Paola di Nicola

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