Noviembre-Diciembre 2009: "Las mujeres, defensoras de la vida"

La Biblia nos enseña que en los momentos cruciales de la historia de Israel emerge siempre una mujer que marca el giro decisivo a los acontecimientos. Basta pensar en la sagaz estrategia de Sifrá y Puá, las dos parteras israelitas que en abierto desafío a la orden del faraón, respetan la vida de los recién nacidos. Por miedo a perder el poder, el faraón decide primero oprimir a los hebreos con duros trabajos y luego matar a todos los niños de los hebreos del país. Son órdenes de la máxima autoridad del imperio, órdenes que imponen la muerte a los inocentes. Para él la vida del pueblo constituye una amenaza y quiere ahogarla por todos los medios. Las comadronas temían a Dios, y temer a Dios es respetar la vida. No temen arriesgar la propia vida para salvar a los inocentes. Ignoran la orden del faraón porque la orden recibida atenta contra la vida: refleja una estructura de muerte que ninguna mujer jamás podría aceptar. Si él reprime la vida, ellas la fomentan. Sifrá y Puá, dos mujeres sabias, dos sanadoras profesionales, dos continuadoras de la acción divina en favor de la vida.

Muchas mujeres, después de ellas, han optado y siguen optando por la vida, aun a cuesta de poner en peligro sus propias vidas o de vivir bajo miedos y amenazas. Así lo han hecho dos religiosas, cuyas historias han dado la vuelta al mundo en pocos instantes. Me refiero a Geneviève Uwamariya, de la comunidad de Santa María de Namur en Ruanda, auditora en la II Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos sobre África y la salesiana Doris Barbero, encargada de la escuela elemental San José en el pueblo de Leava, en Samoa Occidental.

La religiosa ruandesa había perdido a su padre y varios familiares durante el genocidio que tuvo lugar en su país en el año 1994. Tres años después fue a visitar un grupo de prisioneros, entre los cuales se encontraban varios de los autores materiales del genocidio. Entre ellos estaba el que había asesinado a su familia, un viejo amigo de la infancia. Al oír su confesión y su súplica de misericordia, Geneviève lo abrazó y le dijo: “Eres y seguirás siendo mi hermano”. Palabras de perdón, reconciliación, y auténtica liberación. A partir de ese momento, una nueva vida empezó para ambos.

La maestra salesiana consiguió salvar la vida de 320 niños y adolescentes gracias a una decisión rápida y valiente. En poquísimo tiempo consiguió reunir a todos los alumnos y conducirlos a las montañas sin saber cuál iba a ser su destino. De este modo, pudieron escapar del tsunami que ha devastado prácticamente toda la isla de Samoa.

Herederas de las antepasadas bíblicas, estas mujeres han hecho de su vida un testimonio viviente de la Palabra, un testimonio en favor de la vida y generador de vida.

Nuria Calduch-Benages, MN

 

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