Mayo- Junio 2012: Mayo mariano

virgen ternura

Hace pocos días nos ha dejado P. Stefano De Fiores, monfortano, experto mariólogo de fama internacional, que ha dedicado toda su vida a profundizar en la figura de la Virgen María, sobre la que ha escrito más de treinta libros en toda su carrera. En varias ocasiones he tenido ocasión de colaborar con él, pues durante muchos años hemos sido colegas en la Pontificia  Universidad Gregoriana, y guardo de él un gran recuerdo. Persona afable y humilde, gran comunicador, sacerdote comprometido y estudioso de altura, siempre dispuesto a darte una mano cuando se lo pedías. Le llamaban cariñosamente el “globe trotter” de María Santísima.

Precisamente acaba de empezar el mes de mayo, el mes mariano por excelencia. En el mes de mayo la naturaleza florece, la vida renace y se deja sentir por doquier el perfume de la resurrección, de la esperanza, de la eternidad. Promover la devoción mariana en el mes de mayo es un modo para despertar la vida cristiana en el corazón de los fieles, exhortándoles a un florecimiento espiritual bajo la mirada de María. En palabras de P. De Fiores “el éxito de esta práctica en el mundo católico demuestra su correspondencia con el sentimiento popular y el ciclo de las estaciones”. Iniciada en los colegios religiosos y entre los muros domésticos hacia finales del 1.600, la práctica del mayo mariano se fue extendiendo en varios ámbitos de la vida parroquial hasta generalizarse en el 1.800 en toda la Iglesia.

Respecto a esta hermosa tradición decía el Santo Padre Benedicto XVI hace un año: «Nos sentimos en comunión con cada comunidad, incluso con la más pequeña, en la que permanece viva la tradición que dedica el mes de mayo a la devoción mariana. Esta tradición se manifiesta en muchos signos: santuarios, capillas, obras de arte y, sobre todo, en la oración del santo rosario, con el que el pueblo de Dios da gracias por el bien que incesantemente recibe del Señor a través de la intercesión de María santísima, y le suplica por sus múltiples necesidades. La oración […] siempre es un dejar espacio a Dios: su acción nos hace partícipes de la historia de la salvación. […] La oración nos ayuda a reconocer en él el centro de nuestra vida, a permanecer en su presencia, a conformar nuestra voluntad a la suya, a hacer “lo que él nos diga” (Jn 2, 5), seguros de su fidelidad. Esta es la tarea esencial de la Iglesia, coronada por él como esposa mística […] María constituye su modelo: es la que nos brinda el espejo, en el que se nos invita a reconocer nuestra identidad. Su vida es un llamamiento a reconducir lo que somos a la escucha y a la acogida de la Palabra, llegando en la fe a proclamar la grandeza del Señor, ante el cual nuestra única posible grandeza es la que se expresa en la obediencia filial: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). María se fio; es “bendita” (cf. Lc 1, 42) por haber creído (cf. Lc1, 45) […] Las disposiciones de su corazón —la escucha, la acogida, la humildad, la fidelidad, la alabanza y la espera— corresponden a las actitudes interiores y a los gestos que plasman la vida cristiana. De ellos se alimenta la Iglesia, consciente de que expresan lo que Dios espera de ella.» (Benedicto XVI, Discurso en el Santo Rosario con los Obispos de la Conferencia Episcopal Italiana y Consagración de Italia a la Virgen María, 26 de mayo de 2011).

Que no se pierda esta devoción a María, la mujer fuerte que sostiene nuestra fe. María, una mujer profundamente unida a Dios y a su obra, una mujer que madura sufriendo, viviendo y compartiendo, una mujer que comunica con la palabra y el silencio, una mujer de raíces profundas y anchos horizontes, una mujer que genera vida abundante. Innumerables escritores, poetas y místicos han cantado sus glorias. Y eso es lo que seguramente está haciendo en el cielo nuestro querido P. Stefano.

 

Nuria Calduch-Benages, MN

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