Mayo-Junio 2009: "Una relectura de Santo Tomás"

Santo Tomás de Aquino, sobre todo en ambientes de un feminismo radical, a menudo es acusado de misógino y, considerando su enorme influencia sobre el pensar católico (baste recordar los nn. 43 y 44 de la encíclica Fides et Ratio de Juan Pablo II), tal acusación está extendida, implicando todo el magisterio y la praxis de la Iglesia.

En consideración de esto, puede resultar útil retornar a los textos para su precisa lectura y para una interpretación sin prejuicios, capaz de comprender los temas fundamentales de la reflexión del Santo y los diferentes niveles en los que se subdivide.

La acusación de misoginia está provocada, en modo particular, con referencia a la Cuestión 92 de la Primera Parte de la Suma Teológica, texto en el que santo Tomás afronta explícitamente el tema del origen de la mujer, proporcionando una visión global que, sin duda, está muy lejos de un pleno reconocimiento del mismo valor de ambos sexos.

No obstante, se debe destacar que lo que hace referencia a las argumentaciones de orden científico, que la biología de la que Santo Tomás disponía era aún la aristotélica, basada en la simple observación a simple vista y en sus conceptos cualitativos.

Por otro lado, sus afirmaciones sobre las relaciones entre el hombre y la mujer y sobre sus respectivos papeles hay que colocarlas en un contexto socio-cultural centrado en la preeminencia masculina, capaz de hacer sentir su influencia también en la lectura de los textos sacros.

Esto significa que la acusación dirigida a santo Tomás en realidad tiene que configurarse como el reconocimiento del lento y arduo camino con el que, en la historia, se ha llegado a una antropología inclusiva, atenta a la igual dignidad del hombre y de la mujer e inherente a las claras palabras de Gn 1,27.

Pero tampoco se debe descuidar, para una valoración correcta del pensar de santo Tomás, lo que se puede encontrar en el texto inmediatamente después de la tan discutida Cuestión 92, o bien en la 93, dedicada a preguntarse sobre la presencia de la imagen de Dios en el ser humano, porque a partir de aquí la reflexión teológica y filosófica se puede iniciar a partir de sucesivas perspectivas, que sin duda aún hoy son fecundas.

Sobre todo, se sostiene claramente que “sólo las criaturas intelectuales son, propiamente hablando, a imagen de Dios” (Q. 93, a 2, c.), poniendo así la imagen de Dios en posesión de la naturaleza humana que se caracteriza por la capacidad de la inteligencia y de la voluntad libre, o sea de la espiritualidad.

Siempre en el mismo texto aparece poco después (Q. 93, a. 4, ad 1) una afirmación que resulta ser de gran importancia, porque se lee explícitamente que “Tanto en el hombre como en la mujer se encuentra la imagen de Dios en lo esencial, esto es en cuanto a la naturaleza intelectual”.

Tal certeza es corroborada a continuación (Q. 93, a. 6, ad 2) cuando santo Tomás, continuando la indagación sobre la imagen de Dios, subraya que “esta imagen divina es común a ambos sexos, puesto que se da por la mente, en la que no hay distinción de sexos”.

Como se puede constatar fácilmente, nos encontramos aquí precisamente en el meollo de la antropología tomista, evidentemente tanto en la teológica como en la filosófica, porque la referencia a la naturaleza intelectual es lo que le permite al ser humano diferenciarse de todos los demás seres.

Por ello, es profundo el significado que precisamente en este nivel, y no en el de las afirmaciones condicionadas histórica y culturalmente, se destaque la igualdad del hombre y de la mujer en su idéntica naturaleza espiritual, que refleja, tanto en el uno como en el otro, la imagen de Dios.

En santo Tomás, la referencia a la diferencia sexual es, como vemos, extremamente sucinta, pero toca el punto esencial sobre el que también hoy hay que poner la atención si no se quiere basar el mismo valor del hombre y de la mujer en factores contingentes históricamente, sino en la verdad de su naturaleza espiritual que los convierte en imágenes de Dios y, por lo tanto, en sujetos de dignidad y valores absolutos.

Giorgia Salatiello

 

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