Julio-Agosto 2010: "El sacerdote y las mujeres: ante la clausura del Año Sacerdotal"

Hace pocas semanas Roma vivió uno de aquellos momentos únicos que solo pueden experimentarse en la ciudad de Pedro, corazón de la cristiandad: el encuentro de alrededor de quince mil sacerdotes, una tarde de jueves, con el Santo Padre, para una vigilia con Adoración Eucarística y, a la mañana siguiente, la concelebración más grande de la historia, en la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. La impresionante escena de una plaza San Pedro inundada de sacerdotes en sus albas blancas se quedó grabada como imagen de lo que fue un momento muy especial de gracia para toda la Iglesia. Se clausuraba así el Año Sacerdotal, convocado por Benedicto XVI para conmemorar los 150 años de la muerte de San Juan María Vianney y dedicado a renovar la identidad y vocación de los sacerdotes. Nos parece imposible dejar pasar esta única y especial ocasión sin, también nosotros, detenernos a reflexionar un poco sobre la figura del sacerdote y su relación con la mujer.

En 1995 – año de importancia internacional para las mujeres pues se reuniría en Pekín la IV Conferencia Mundial de las Naciones Unidas sobre la mujer – el venerable Juan Pablo II dedicó no pocas de sus reflexiones a la dignidad y vocación de las mismas. Entre estas reflexiones, y en conexión con nuestro tema, podemos mencionar la Carta a los Sacerdotes para el jueves santo, dedicada ese año a la relación entre el sacerdote y la mujer. El recordado pontífice enseñaba en aquella ocasión que «las dos dimensiones fundamentales de la relación entre la mujer y el sacerdote son las de madre y hermana»,[1] dimensiones que permiten, según sus palabras, una relación serena, madura; una relación que signifique mutuo enriquecimiento, mutua colaboración. En una perspectiva que no es ingenua, pues no desconoce las dificultades que podrían surgir, el Santo Padre resalta la riqueza y los frutos positivos que pueden brotar de una relación mutua, vivida en plena fidelidad al don del celibato sacerdotal. La carta toca muchos otros temas como la figura de María y su maternidad espiritual de todos los hombres, en particular de los sacerdotes; las mujeres en los Evangelios y en especial en los momentos decisivos de la Pasión y la Resurrección; sin embargo ahora no es posible analizarlos todos.

Inspirados por estas reflexiones de Juan Pablo II podríamos preguntarnos, ¿en qué consisten y como se dan estas relaciones de fraternidad y colaboración entre los sacerdotes y las mujeres? No es difícil asociar estas reflexiones juanpaulinas a otras de la Mulieris Dignitatem, algunos años antes, cuando decía: «En la “unidad de los dos” el hombre y la mujer son llamados desde su origen no sólo a existir “uno al lado del otro”, o simplemente “juntos”, sino que son llamados también a existir recíprocamente, “el uno para el otro”»[2]; el hombre y la mujer están llamados a la comunión, al encuentro. En este contexto la existencia del «otro» constituye aquella ayuda adecuada que el Creador constata como necesaria (Cf. Gen 2, 18), y que es una ayuda recíproca. En el Génesis se indica el matrimonio como dimensión primera y fundamental de esta llamada, pero, el Papa nos dice. «no es la única». Este principio del recíproco ser «para» el otro significa que Dios mismo ha querido la integración de lo masculino y lo femenino en la historia de la humanidad. En la Carta a los Obispos de la Iglesia sobre la colaboración del hombre y de la mujer en la Iglesia y el mundo se nos dice que «la Iglesia, iluminada por la fe en Jesucristo, habla […] de colaboración activa entre el hombre y la mujer, precisamente en el reconocimiento de la diferencia misma.»[3] 

En una primera respuesta a nuestra pregunta entonces, están las ideas de colaboración, complementariedad, enriquecimiento mutuo, importancia de la diferencia y del diálogo entre hombres y mujeres. Éstas inspiraciones encontrarán modos de expresarse adecuados a las personas y las circunstancias.

Pero para seguir profundizando en la relación entre sacerdotes y mujeres quizá sea también útil recordar la iniciativa de la Congregación para el Clero, en el año 2007, cuando convocó a nivel mundial a la Adoración Eucarística por la santificación de los sacerdotes, y a promover la vocación a la maternidad espiritual de los sacerdotes, especialmente pero no únicamente, entre mujeres consagradas que, tras las huellas de Santa María, Madre del Eterno Sumo Sacerdote y Colaboradora de su obra de la Redención, adopten espiritualmente a sacerdotes ayudándolos con sus ofrecimientos, oración y penitencias[4]. Esta maternidad espiritual es experimentada por los sacerdotes ante todo en la persona de sus propias madres que, no pocas veces, no solo les han dado la vida sino que los han acompañado y sostenido en el origen y la maduración de la vocación sacerdotal. Ejemplo hermosísimo de esta maternidad espiritual, que brilla a través de los siglos, es Santa Mónica, quien no solo dio a luz a su santo hijo Agustín en la carne, sino que ofreciendo incansable su oración y sacrificios por él, logró ganarlo para Dios.

Una relación entonces de fraternidad, siendo hermanas para nuestros sacerdotes, acompañándolos y sosteniéndolos, ofreciendo nuestras opiniones y cuando necesario nuestras críticas, nuestra visión «diferente» y «complementaria» de la realidad, con un amor fraternal puro y libre de insanas actitudes posesivas, respetando siempre una distancia cordial; un amor que esté centrado ante todo en el respeto por la noble y sagrada vocación que han recibido y que busque ayudar esta vocación en la medida de nuestras posibilidades. Complementaria a ésta, una relación de maternidad espiritual que busque verdaderamente «dar vida» con las herramientas de la oración y la abnegación. La maternidad espiritual particularmente dirigida a los sacerdotes es una vocación de servicio, muchas veces escondida y en silencio, pero cargada de sentido. Con ella podemos sostener, con las invisibles pero poderosas fuerzas de la oración, la asombrosa vocación de estos hombres que, a pesar de su debilidad humana, están llamados nada menos que a hacer presente a Dios, su amor, su perdón, su misericordia, en medio del mundo. Los acontecimientos de los últimos meses, que han visto herida y pisoteada la dignidad del sacerdocio, y la llamada del Santo Padre a la purificación y a la penitencia, hacen aún más urgente y necesaria la vivencia de esta vocación.

En la homilía que pronunció en la Santa Misa de clausura del Año sacerdotal, el Papa Benedicto animaba a los sacerdotes a «responder al valor y la humildad de Dios con nuestro valor y nuestra humildad»[5]; Dios sigue confiando sus más grandes tesoros a pobres «vasijas de barro». También las mujeres podemos responder con nuestro valor y nuestra humildad asumiendo nuestro papel como hermanas y como madres, entregándonos a servir al Señor y a su Iglesia con todo el amor del que es capaz nuestro corazón femenino.

Ana Cristina Villa Betancourt


[1] Juan Pablo II, Carta a los sacerdotes 1995.

[2] Id., Mulieris Dignitatem, 7.

[3] Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y el mundo, 4.

[4] Congregatio pro Clericis, Eucaristic Adoration for the Sanctification of Priests and Spiritual Maternity, 2007. Trovato in: http://www.clerus.org/clerus/dati/2008-01/25-13/Adoration.html, último acceso 25/06/2010.

[5] Benedicto XVI, Homilía en la Santa Misa de clausura del Año Sacerdotal, 11 junio 2010.

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