Julio-Agosto 2009: "¿La productividad o la trabajadora?"

Los conflictos del mundo del trabajo, con demasiada frecuencia, se afrontan teniendo escasa consideración de la persona del trabajador. La productividad del trabajo es considerada como el objetivo prioritario de todas las medidas y, por ello, se dictan leyes en función instrumental del mercado, castigando al que no trabaja o al que produce poco. En modo particular, está en el punto de mira la valoración de los funcionarios públicos, cosa que aparentemente parece lógico, pero: quis custodiet custodes? Si aprobamos la provocación “despedimos a los vagos y premiamos a los verdaderos trabajadores”, como también la correspondiente propuesta de un organismo independiente para la valoración de las estructuras públicas y su eficacia, tendremos que preguntarnos: ¿es de verdad esta la defensa de la justicia? ¿De verdad se conseguirá fomentar una administración pública más justa y un factor de desarrollo solidario para el país?

Pero primero habría que distinguir entre los que “no hacen nada” y los ociosos. El adjetivo “ociosos” conlleva un significado negativo, vinculado a los que no hacen nada o demasiado poco por pereza, astucia, desinterés. Aquellos que no hacen nada pueden ser personas que hacen poco o nada, pero a menudo no por culpa de ellos. Puede haber deterioro en el ente que da trabajo y, en muchos casos, un comportamiento hostil por parte de los dirigentes, que no hacen bien su trabajo, no juzgan con equidad, no valoran en base a las capacidades, al trabajo desarrollado y al modo en el que se ha realizado, sino en base a los propios intereses, premiando a veces a personas que no se lo merecen.

Un organismo independiente para valorar la eficiencia de las estructuras públicas debería tener cuenta la atribución de las responsabilidades reales, si les corresponden al trabajador o a la mala administración. No son pocos los casos de mobbing, en los que el trabajador no trabaja porque el jefe no lo quiere, porque lo margina, no le da encargos y le castiga no sólo en la valoración final sino, sobre todo, de raíz, al excluirlo del círculo de los que están puestos en condición de producir. Hay que estar atentos a que los que “no hacen nada” no sean castigados una y otra vez por el empleador, por la familia, por el “organismo independiente”, por el recorte del sueldo y, por último, por las consecuencias que, inevitablemente, la muerte laboral de la persona tiene en la psique y en el cuerpo.

En general, se piensa que el castigo y el miedo al castigo provocan orden y productividad. Mas, todos saben que uno puede estar 24 horas en el trabajo y tener la cabeza en otra parte, dando a la tarea que se está haciendo una tercera parte de las propias potencialidades, reservando el resto a lo que se considera como prioritario en la vida. Esta es una acusación que se dirige especialmente a las mujeres: que tienen los pensamientos perdidos en los problemas de la familia. Pero también se puede obedecer, maldiciendo al que nos impone lo que no queremos, y después se puede estar pegado al escritorio leyendo chistes o escribiendo poesías.

El objetivo primario tendría que ser, que los empleados no necesitaran un jefe. Esto es lo que intentan hacer los especialistas en coaching, o business coach, (entrenadores en negocios).

Se trata de favorecer una perspectiva significativamente diferente a la severidad e impersonalidad del castigo, intentando crear un ambiente humano: no se contradice la terapia de choque, sino se la integra en lo que es más esencial e importante que un castigo que se le impone a los ociosos: el vivir bien en la empresa.

Se trata de transformar la mediocridad de un trabajador como “Fracchia” (el famoso personaje del cine italiano) en una persona que le coge el gusto a lo que hace y valora plenamente sus talentos. Es un arte que exige el desarrollo integral de la persona, capaz de ver en el trabajo una expresión importante de su estar en el mundo, pleno de sentido y que consigue traducir su actitud frente al trabajo en prácticas laborables y en acciones de cooperación.

Para el que trabaja, es fundamental estar con un líder que sea capaz de llevar adelante un proyecto inteligente con esperanza, transparencia y coherencia, favoreciendo una empresa humana, en la que cada persona se abre para incorporar las nuevas tendencias y que genera riqueza, lo que es mucho más que ganar simplemente dinero.

Se trata de mirar la expansión económica y la prosperidad no como un fin en sí. El líder del siglo XXI es una persona que se pone al servicio de la mayoría, que enseña dando ejemplo, que sabe crear equipos solidarios, formados por personas que consiguen usar sus talentos en el trabajo y emplearlos en modo provechoso para todos. Una de las claves que un dirigente tiene que aprender para ser un verdadero líder es: ver la empresa más como un todo, como resultado del equilibrio y la integración, que como el engranaje de una mera eficiencia técnica.

Es cuestión de ser entrenados a pensar más en términos de “nosotros” que de “yo”; es necesario que los empleados participen activamente en la realización de la visión de la empresa.

La época en la que se llevaba a cabo la orden a penas recibida, ya ha pasado a la historia. Hoy estamos en la época de la sinergia que exige cualidades humanas y motivaciones convincentes.

Quizás hay en esto una dosis de idealismo, pero en las cosas humanas el realismo puro es contraproducente. Necesitamos mirar hacia arriba si no queremos que aumenten cada vez más los que no ven la hora de jubilarse, cuando “por fin” podrán estar ociosos. Después de una vida de horarios estresantes, de fichas que timbrar, se tomarán unos días de reposo absoluto, harán algún viaje, pero la mayoría de las veces irán a la búsqueda de los hilos rotos, de proyectos interrumpidos, por los que quizás empeñarán mucha más energía que antes.

Esto muestra que los seres humanos simplemente desean trabajar en la manera que creen que más se adaptan a sus posibilidades, quieren poder decir libremente los sí y no, emplear sus energías sin reservas, con medios quizás más pobres que en la paz de una organización, que respeta las exigencias humanas que no están en los programas de productividad.

Precisamente la página del Génesis, fundamento de nuestra cultura y nuestra fe, nos exige que intentemos todos los caminos para que el trabajo no sea una condena.

Giulia Paola Di Incola y Attilio Danese

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