Feminidad y consacraciòn

6890908426_038e01761d_o GP
Foto por Giovanni Portelli

Marta Rodríguez

Española, Consagrada del Regnum Christi, directora del Instituto Superior de Estudios sobre la mujer en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma

Parece que el corazón del Papa Francisco fuera particularmente sensible a algunos temas. Entre muchos otros, dos son recurrentes: la mujer y la vida consagrada. De la mujer, el Papa ha hablado en diversas ocasiones, suscitando cada vez interés y preguntas. Ha pedido una renovada teología de la mujer y abrir a su contribución específica espacios de toma de decisiones en la Iglesia, espacios que necesitan de su mirada y de su perspectiva. Ha pedido un testimonio renovado de la vida consagrada y la alegría de pertenecer a Cristo y ha dedicado este año 2015 a celebrar el don de la vida consagrada en la Iglesia. Creo que entre estos dos temas, vida consagrada y mujer, hay una íntima conexión.

Encuentro esta conexión en el hecho de que ambos temas son hoy fuertemente cuestionados. Si hablamos de la mujer, nuestra cultura no tiene claro qué le pertenece de modo específico: cómo se define la feminidad, cuáles son sus rasgos distintivos. Incluso se pone en duda el concepto mismo de mujer, proponiendo un modelo de ser humano que se pueda definir a sí mismo con una libertad absoluta, por encima de cualquier identidad sexual determinada.

Por otra parte, también la vida consagrada ha sufrido fuertes cuestionamientos. Como señala el documento Nuevas vocaciones para una nueva Europa1, estos cuestionamientos nacen ante todo como manifestación de una crisis antropológica más profunda: «Este juego de contrastes se refleja inevitablemente en el plano de proyectar el futuro, que es visto —por parte de los jóvenes— en una óptica consecuente, limitada a las propias ideas, en función de intereses estrictamente personales (la autorrealización). (…) Es, en otras palabras, una sensibilidad y mentalidad que corren el peligro de diseñar una especie de cultura anti-vocacional. Que es tanto como decir que, en la Europa culturalmente compleja y privada de precisos puntos de referencia, semejante a un gran panteón, el modelo antropológico prevalente fuese el del “hombre sin vocación”».

Entonces, tanto la mujer como la vida consagrada son blanco de fuertes ataques. Pero creo que hay otro vínculo entre la mujer y la vida consagrada. Este vínculo se expresa en dos tesis: la primera es que para las mujeres consagradas, la feminidad debe enriquecer la consagración y la consagración enriquecer la feminidad. La segunda tesis es que el testimonio de las mujeres consagradas puede iluminar la identidad y la misión de la mujer para el mundo de hoy.

La feminidad vivida plenamente enriquece la consagración, porque la vida consagrada no puede ser una represión ni una negación de la propia identidad sexual. Esto no siempre ha sido enseñado del modo adecuado: como si la sexualidad fuera algo que ahogar, esconder o dar por descontado. Creo que toda represión no puede sino provocar amargura.

En cambio, una mujer que acepta y vive integralmente su cuerpo, está lista para expresar en el silencio de su sexualidad la propia opción y pertenencia. Es consciente de que el lenguaje del cuerpo es un lenguaje de amor y que cada gesto suyo, cada silencio habla de este amor. Vive los cambios del propio cuerpo de mujer y los ritmos de su fecundidad física como una alegre oblación, segura de que este ofrecimiento silencioso la hace fecunda a otro nivel. Se siente de algún modo “encinta del mundo”, dando a luz hijos con su sí virginal, permanentemente fecundada por el Espíritu en su corazón y por ello en todo lo que hace, incluso en las cosas más escondidas.

Una mujer que vive a fondo la propia feminidad sabe que no puede renunciar al deseo de vivir para la mirada de alguien, al deseo de ser bella, y orienta este deseo natural suyo para atraer la mirada de Dios, única mirada que le revela quien es y al mismo tiempo la hace hermosa. Esta mujer reconoce, acoge y eleva sus instintos y tendencias renovando, ante la belleza y atracción natural hacia las creaturas, su opción radical por la Belleza misma, descubriendo en ella íconos que le hablan del Amor por el que vive. Y aún más: abraza al mismo tiempo toda la belleza y el sufrimiento del mundo y, acogiéndolos, los eleva y consagra a Dios en su corazón, en un íntimo y continuo gesto sacerdotal.

Una mujer que sabe que está hecha para ser esposa y madre, descubre en la castidad consagrada un modo misterioso pero real de desarrollar cada potencialidad afectiva suya, cada recurso de su ser mujer. Sabe que la mujer es el corazón de la familia y por eso busca ante todo hacer de su corazón mismo una casa donde el Señor encuentre consuelo y alivio, y hace familia en todo ambiente en que se mueve. Así, mientras más vive su identidad de mujer, más rica se vuelve su consagración. Y mientras más a fondo vive su consagración, más desarrolla su feminidad.

Este tipo de mujer tiene mucho que decir a las mujeres de hoy. La mujer consagrada recuerda el significado del cuerpo y de la sexualidad. En una cultura que considera el cuerpo como un objeto que utilizar como le parezca, la mujer consagrada recuerda la preciosa dignidad del cuerpo, y que no se trata de ser libres “del” cuerpo, sino libres “en el” propio cuerpo, aceptado y acogido así como es. En un mundo que huye del dolor y del sacrificio, su oblación es un recuerdo viviente de que amor y dolor, especialmente en la mujer, van siempre de la mano. En una mentalidad que ha hecho del hijo un objeto de satisfacción de los propios deseos, la maternidad espiritual recuerda que el fundamento de toda fecundidad es el don de sí y la oblación total y que cada hijo es dado a la luz con el propio dolor y las propias lágrimas. Así la virginidad ilumina la maternidad y solo la maternidad explica el misterio profundo de la virginidad.

En una cultura obsesionada por las “cuotas rosadas” y por el poder alcanzar los vértices de la carrera, la mujer consagrada recuerda que no nos define lo que hacemos ni cuánto ganamos sino quienes somos. Le recuerda que la mujer, si lo es plenamente, humaniza lo que toca, desde los vértices de mayor responsabilidad (que seguramente necesitan su perspectiva) hasta las posiciones más discretas.

¡Que este sea un año en que las mujeres consagradas redescubran la belleza de su feminidad y de su consagración!

1 Documento finale del Congresso sulle Vocazioni al Sacerdozio e alla Vita Consacrata in Europa, 1997

Noticias


© Copyright 2011-2015  Consejo Pontificio para los Laicos | Mapa de la web | Links | Contactos