Querida Silvia

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Querida Silvia:

El 11 de septiembre de 2015, en realidad como todos los días, hacia las once de la mañana y después en la tarde antes de volver a casa, entro en el pequeño supermercado que se encuentra cerca de la oficina y es gestionado por una familia paquistana. Siempre tienen fruta muy buena, que llevo a casa para mis hijas. La madre, el padre y las tres hijas se turnan en la caja, con sus vestidos llenos de colores y las miradas oscuras y orgullosas que hablan de tierras lejanas.

Pero aquella tarde, viernes, en la caja, la madre y la hija lloraban. La radio, a alto volumen, decía cosas para mí incomprensibles, pero no era difícil imaginar lo que estaba sucediendo. También las noticias occidentales hablaban de una grúa que se había caído en la Meca, causando muerte a quien se dirigía en peregrinación a rezar.

Se ha dicho tanto sobre la fecha y las coincidencias. Sólo recuerdo que aquella mañana las Laudes nos hacían rezar el Salmo 50: “Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. El sacrificio agradable a Dios es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú, oh Dios, tú no lo desprecias”.

No recuerdo absolutamente nada de lo que les dije; fueron pocos minutos, más de silencio que de palabras, un apretón de manos con la madre. A partir de ese día todo cambió. La compra de la fruta se convirtió en una excusa para conocernos más: “¿Cuántos años tienes? ¿Estás casada? ¿Cuántos hijos tienes?”. “Tengo tres niñas”. “Yo también”. “¿Las traerás un día acá para que las conozcamos?”. Así, un sábado fuimos mis tres hijas y yo al pequeño supermercado. “En diciembre iré a Paquistán y os traeré unos vestidos”, prometió la madre. Un día fui también con Matías. Lo presento: “Es mi marido”. Desde aquel día nos reconocemos por las calles del barrio. Cuando por la mañana consigo ir a misa, la madre sale para saludarme. La hija mayor tiene 24 años, es muy hermosa. Estudia para ser dentista, como su abuela. Se llama Rubina. Pero a menudo se la ve triste, sentada en la caja. Por la mañana va a la universidad, como una joven occidental de límpida faz, con pantalones vaqueros y una camiseta según la moda. Por la tarde trabaja para ayudar a sus padres, envuelta en telas de colores. “¿Por qué estás triste? Eres más guapa cuando sonríes”, y yo, que quería hacerle una broma, me encuentro ante un drama, una herida, mucho más profunda que la grúa de la muerte. “No quiero casarme. Quisiera una familia como la tuya”. Pareciera contradecirse, pero Rubina está diciendo en realidad que no quiere un matrimonio concertado.

Rubina no tiene miedo y me habla delante de su madre, que me mira como pidiendo un consejo. Pareciera decir: “¿Qué hago con esta hija que no entiendo?”. Intercambio algunas palabras con Rubina y su madre Nusrat. En verdad, no sé qué decir, pero tengo una pena en el corazón. Hablo con Padre Emilio de Madrid, que está de paso en Barcelona, y que comienza a rezar por esta nuestra amistad. Le aseguro a Rubina que tanto él como yo rezamos por ella, que cada día añade detalles a su historia. Rubina ama profundamente a sus padres y no quiere hacer sufrir a sus hermanas – hecho que sucedería si se comportara fuera de los esquemas tradicionales – pero no quiere un marido que no desea, quiere un marido que la quiera, un noviazgo que se base en el respeto; cree en la virginidad prematrimonial, en la belleza de la familia, en la libertad. Cuenta que jamás ha salido sin un familiar, que nadie se puede acercar a ella, ni siquiera para un saludo, que en España significa un beso en la mejilla, que la visten elegantemente cuando algún hombre pide su mano y va a su casa para evaluarla, que ya ha aprendido a no llorar cuando esto sucede y sabe permanecer seria.

Un día la invito a comer conmigo, en la oficina con una colega. “Querría que Dios quisiera mi felicidad”. Se desahoga de tantas cosas y, mientras me habla, pienso en los ojos de su madre. También yo soy madre. ¿Conseguiré entender a mis hijas? Nusrat tiene ojos dulces que quiere el bien para sus hijas. ¿Por qué tanto dolor? Esta familia ha dejado su tierra en busca de un sitio mejor donde poder vivir. Pienso en San José, mientras guía a su familia por el desierto. Y en mí, también yo emigrada a España.

El día después, Rubina me pide perdón. Me pide que me olvide de esas palabras contra su cultura, de esa rabia contra su destino. Pero a partir de esas palabras ha nacido en mí una cercanía inesperada con aquella madre incomprendida. Armándome de valor, respondí a aquel “¿qué hago con esta hija que no entiendo?”: “Has deseado una vida mejor que la tuya para Rubina viniendo aquí. Ahora ella la desea”. El día después, la madre me sigue hasta la iglesia, a la Virgen de la Alegría, que aquí está representada con un manto bajo el cual hay niños. Me pide: “Ayuda a mi hija”. Querida Silvia, ¿Qué significa ayudar a una persona? La verdad es que, he buscado en seguida alguna buena idea que proponerle, que viniera a vivir un tiempo a mi casa. Después le he encontrado una casa en Madrid; después ella sugirió casarse y abandonar en seguida a su marido para no deshonrar a sus padres… En fin, todo conducía a la división. Ni siquiera yo me había dado cuenta. Pero era de nuevo la misma Rubina quien me explicó de nuevo lo que ella deseaba: “Quisiera una familia como la tuya”. Querida Silvia, tú sabes, pues has vivido con nosotros, que mi familia es sumamente imperfecta. Entonces, ¿qué es lo que busca Rubina? Siento que todas las “ideas” que me vienen a la mente son imperfectas, hasta que un día ya no nos encontramos más. Pienso que he fallado en algo. El padre pareciera que está nervioso. No me atrevo a preguntar. Pasan los días. Considero que ya no tenga sentido seguir comprando la fruta en el pequeño negocio paquistaní. A menudo pienso en ello, hablo a menudo sobre ello. No sé qué es lo que une mi destino al de estas dos mujeres, las echo de menos.

Entonces, de nuevo me la encuentro, sonriente y cómplice. Estoy en el coche, me acerco y me cuenta que su padre le ha encontrado el marido justo y que había estado en Paquistán para el contrato. Pero “algo no ha ido bien, un pequeño detalle contractual, y así no me he casado. Tuve la impresión de tener todo el tiempo la mano de un ángel sobre mi cabeza… Me imaginé que sería el sacerdote de Madrid”. Querida Silvia: este es el primer milagro del que he sido testigo.

A partir de este punto, todos los detalles sobre Rubina y su madre son anecdóticos. Rubina ya no está triste, porque puede desear una vida nueva.

Descubren que colaboro en la construcción de la Sagrada Familia. Invito a Rubina y a su madre para que la vean. El 19 de mayo, a las dos de la tarde, nos encontramos en la Sagrada Familia para visitarla juntas. Llegan un poco tarde, porque la madre quiso cambiarse para la ocasión y, en efecto, el vestido que viste y el velo son preciosos.

Querida Silvia, es una de las visitas más hermosas de mi vida. Atentas a todas las palabras que digo, continuamente me hacen preguntas sobre la fe, que hace crecer la Sagrada Familia. Te escribo también por esto, para que no me olvide. Será imposible recordar todo. Cuando madre e hija descubren que la Sagrada Familia era una construcción que surgió en la periferia de la ciudad, en los campos, y que hoy se encuentra en el centro geométrico de la ciudad, Rubina señala a su madre que “todo está predispuesto por Dios”. Ante la fachada de la Natividad, la madre se conmueve descubriendo aquella fachada que no se ve, escondida bajo las imágenes de la infancia de Jesús, la fachada que representa a Dios.

Quieren saber todo. A la madre, en particular, le impresiona mucho San José, de cómo guía a su familia a Egipto, de cómo consuela al Niño Jesús, le explico que “lo” que conduce la barca se parece a Gaudí. Después, que la fachada de la Natividad es sólo una de las tres grandes fachadas. Cuando quiero empezar a explicarles la Gloria, la madre exulta: “¡Qué hermoso será el día de la Gloria! ¡Podré conocer a San José! La madre, con mucha admiración, explica María a su hija. No sabía que fuera Reina: en la Sagrada Familia, Jesús la corona en el portal de la Caridad. Después de explicar los tres portales, que representan las tres virtudes teologales, la Fe, la Esperanza y la Caridad, cito a San Pablo: “El amor todo lo cubre, todo lo espera, todo lo soporta. La caridad no pasa nunca… En una palabra, quedan estas tres: la fe, la esperanza y el amor: estas tres. La más grande es el amor”. La madre estalla en llanto y dice: “El amor no muere”, y la hija la abraza. Nos quedamos mucho tiempo admirando esta fachada. Los escritos que hacen rezar mirando al cielo – también ellos rezan una oración parecida al “Santo, Santo, Santo” – las estrellas, el pecado original, las flores que brotan al mismo tiempo, Jesús que nace sobre la columna más pequeña de toda la iglesia. Al entrar, pasó un tiempo antes de que alguien dijera una palabra. Un gran silencio de admiración. “¡Qué hermoso!” son las únicas palabras de Rubina, después la madre comienza a llenarme de preguntas, parece una niña: “¿Dónde está la fotografía de Gaudí?, ¿por qué no la han colgado? Si las personas que construyen tienen fe; en cuántos años se terminará; cómo será una vez terminada…”. “Sí que parece un bosque, sí que parece un bosque…” repite. Le explico que es la Jerusalén celeste, un jardín con los muros abiertos. Lo entiende muy bien. Para hacerle entender cómo Gaudí concibió el interior, la llevo al claustro, a la Puerta del Rosario. Le explico del trabajador anárquico y de la pequeña campesina que son tentados por el demonio, pero que pueden resistir teniendo la mirada fija en la Virgen. La madre interviene: “Son como los terroristas que hablan de Dios, pero que no miran a Dios”. No quisiera que esta visita se acabara jamás; vamos también a las escuelas que construyó Gaudí para sus obreros y las personas del barrio: “Son el deseo de un futuro mejor”, vuelve el argumento. Es ya hora de irse. Nusrat me pide una foto de Gaudí. Hoy le he traído dos. “¡Qué guapo!”, exclama; les hará un marco: una para el negocio y la otra para su casa. Pido a Dios, que quiere la felicidad de Rubina, que siga manifestándose en nuestros corazones, y a María Consoladora de los Afligidos, que nos ha acompañado en todo este camino.

Chiara Curti

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