Amar en la diferencia. Las formas de la sexualidad y el pensamiento católico.

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Livio Melina y Sergio Belardinelli se han encargado de la edición de un importante volumen publicado en Italia el año 2012 por la Librería Editrice Vaticana y la editorial Cantagalli y que este año ha sido publicado en español por parte de la Biblioteca de Autores Cristianos. Con el título «Amar en la diferencia: las formas de la sexualidad y el pensamiento católico», el volumen presenta un trabajo científico, de alto nivel metodológico y vastas proporciones, que recoge aportes de dieciocho expertos de nivel internacional, de diversas disciplinas. La presentación de la edición española ha sido escrita por Monseñor Juan Antonio Reig-Pla, Obispo de Alcalá de Henares y Presidente de la Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida de la Conferencia Episcopal Española (aquí puede encontrarse el texto de la presentación y el índice del volumen).

Naturalmente, no se puede pretender dar cuenta en una reseña de un esfuerzo de investigación y reflexión de la envergadura del propuesto en este libro; intentaré sin embargo resaltar algunas cuestiones de fondo que me parecen importantes para facilitar una lectura unitaria de los diversos aportes allí presentados.

En primer lugar, la cuestión del método. Los artículos recogidos en este volumen son el resultado de un seminario de estudio de varios días organizado para discutir abiertamente, y desde los diversos ángulos ofrecidos por diversas disciplinas, las problemáticas inherentes al tema de la sexualidad y su configuración en el mundo de hoy, sobre todo en referencia a como se va imponiendo una mentalidad homosexualista en la cultura y en las legislaciones nacionales y internacionales. Es así que los aportes son fruto de una discusión que ha permitido individuar algunos fundamentos comunes para una lectura orgánica de los diversos artículos. La opción por la interdisciplinariedad es muy significativa porque refleja el respeto por la complejidad de la materia, que no se deja reducir a aproximaciones unívocas o simplistas. La cultura cristiana, en efecto, se encuentra circundada de una mentalidad que se funda en eslóganes reiterados y clichés no reflexionados, y por ello es muy oportuno no dejarse arrastrar por esta tendencia simplista. El respeto que es debido a cada ser humano, incluso a aquel que yerra, exige una aproximación seria y profunda a los problemas que tocan profundamente la vida concreta de los seres humanos. Ya esta aproximación por sí sola constituye un auténtico aporte a la comprensión de fenómenos que, por las aproximaciones tendenciosas tan en voga, tienden a ser trivializados y por ende falsificados.

Uno de los temas importantes presentes en el volumen es la cuestión del aporte de la cultura cristiana al progreso de las culturas humanas. La opción por la aproximación multidisciplinar muestra claramente como convergen materias tan diversas – desde la biología hasta la jurisprudencia, desde la psicología hasta la filosofía, desde la teología hasta la sociología… – hasta confluir en resultados compatibles y complementarios. Desde la multiplicidad de los puntos de vista se afirma la unidad ineludible del dato real, que confirma la lectura de lo humano dada por la antropología “cristiana”. La consonancia y la fidelidad de la aproximación cristiana a la realidad no produce una antropología confesional sino un instrumento de valor universal que está a disposicón de la humanidad para alcanzar un mejor conocimiento de sí. Cuestiones como la identidad varón-mujer recíproca y complementaria, la vocación al amor, el valor simbólico-sacramental del cuerpo, custodiadas y desarrolladas por la Iglesia, aparecen como claves interpretativas irrenunciables y universales para orientarse correctamente entre los datos confusos y contradictorios ofrecidos por las sociedades contemporáneas, donde el caos y el absurdo parecen prevalecer por encima de la percepción del bien de la existencia. En el fondo, lo que muestra es la gran dificultad que existe en la mentalidad occidental de hoy para reconocer una relación equilibrada entre naturaleza y cultura. La naturaleza, el dato donado, es constantemente negada a favor de un reduccionismo culturalista, que, de una u otra forma, continúa queriendo “deconstruir” todo para “liberar” al hombre de las ataduras de la cultura, que se esconderían detrás del concepto de naturaleza. En la noche del relativismo, Penélope continúa a deshacer su tela, la misma que a la luz del sol de la vida concreta, inevitablemente teje de nuevo, porque la naturaleza no puede ser anulada por los intelectuales. El cristianismo ofrece también en este campo la orientación necesaria para salir del punto ciego, reconociendo la realidad que nos es dada, y que puede expresar su propia consistencia solo si es comprendida en una cultura adecuada a ella.

La cuestión del lenguaje juega un rol fundamental en un campo que está caracterizado por eslóganes y reivindicaciones que se gritan fuertemente y se meditan escasamente. Comenzando justamente por el término “homosexual”, utilizado universalmente pero que requiere ser puesto en cuestión. Ante todo porque es contrario a toda lógica etiquetar a una persona a partir de sus pulsiones eróticas, reales o presuntas. En este sentido, también el sintagma “persona homosexual” es fuertemente reductivo. Debería preferirse la expresión “persona con tendencias homoeróticas”. Es interesante desde este punto de vista constatar como en la tradición cristiana, desde los orígenes en contexto pagano pasando por todo el Medioevo, se prefería llamar los actos concretos “contra la naturaleza”, evitando referirlos a categorías humanas definidas con la base de tales actos. Otro inconveniente del término “homosexual” está la constatación de que contiene en sí una contradiccón en sus términos, un oxímoron. El término “sexo” (del latín “secare”) etimológicamente indica una diferencia radical, irreducible, polarizada, por tanto al asociarla con el prefijo “homo-“ resulta paradójico, en realidad suena algo así como “bajoalto” o “jovenviejo”. Sería mucho mejor hablar de “homoerótico” porque de esto es de lo que se trata. De ello se sigue que el término “heterosexualidad” acuñado a partir del precedente, es una redundancia ridícula, una tautología no inocente que debería rechazarse sistemáticamente. Esta consideración no es un detalle intelectualista, sino que toca una cuestión crucial. Las prácticas homoeróticas, en efecto, no son de ningún modo, no obstante la confusión lingüística, una alternativa a la llamada “heterosexualidad”. Existe una sola posibilidad de ejercicio de la sexualidad, de la alteridad psico-física y esta es entre hombre y mujer, lo cual no impide que evidentemente se dan múltiples formas de erotismo referidas a sujetos que no son “otro”; pero deberíamos cuidarnos bien de definirlas como “sexualidad”.

Por su parte, la ideología gay conscientemente ha elaborado un vocabulario simple e inmediato para facilitar la difusón de las ideas que buscaba promover, pero una simple lectura atenta de los términos revela su inconsistencia. Limitándonos al término “gay”, que se ha convertido en uso común para indicar cualquier persona con tendencias homoeróticas, se puede constatar en él una doble problemática. En primer lugar, no toda persona que advierte pulsiones homoeróticas acepta una tal ideología: son muchos los que, aún advirtiendo estas tendencias, se niegan a reconocerse en un ambiente agresivo e ideologízado. Además el término gay que debería indicar existencias felices y realizadas, en realidad esconde vivencias muy diversas, condicionadas por la erotización de relaciones no resueltas a nivel infantil y de adolescencia, de naturaleza regresiva y de tendencia depresiva. Una ideología y un lenguaje (“outing”, “homofobia”, “matrimonio gay”…) que tienden a proyectar hacia el exterior, hacia las reivindicaciones sociales, conflictos interiores insuprimibles e inconfesables.

Naturalmente la ideología gay se comprende dentro de la “teoría del gender” adoptada a partir de la cuarta Conferencia ONU sobre la Mujer de Pekín (1995) por parte de los organismos internacionales y luego por la legislación de muchos estados. La teoría del gender promueve una antropología que causa fuertes divisiones, cuyas raíces modernas pueden individuarse en la división cartesiana entre sujeto pensante y mundo material, división en la que el cuerpo se reduce a una suerte de maquinaria no siempre dócil y que corresponde a los deseos del yo consciente. Con el término gender una tal contraposición se generaliza y se convierte en paroxística, hasta el punto de que en la definición de la identidad personal el cuerpo, con su radical determinación sexual, pierde todo significado, mientras las pulsiones del sujeto se convierten en el único elemento de definición de la identidad, dejando de lado deliberadamente la inestabilidad y el carácter contradictorio del deseo. La teoría del gender amarra al hombre a pulsiones aleatorias regresivas y auto-destructivas. Terrible paradoja que fuerza constantemente la auto-consciencia al conflicto o en todo caso a una actitud crítica contra la propia corporeidad. Una concepción inevitablemente patógena a nivel personal y a nivel de las relaciones sociales.

La cuestión central de este estudio amplio y articulado, su motivación profunda, es la cuestión de la caridad, es decir, el amor de Dios por todo hombre en toda condición, que la Iglesia debe hacer presente a la humanidad. En el volumen se advierte claramente que la caridad se realiza en el punto de encuentro entre razón y fe, dado que la caridad no subsiste sin la verdad y el acceso a la verdad no es inmediato ni obvio. La articulación del volumen, que conjuga el dato revelado, la tradición de la Iglesia y los resultados de las ciencias, persigue la comprensión de lo real para ofrecer al hombre de hoy la ayuda y la esperanza que se han perdido por el imperativo de la falsa “realización individual”. La praxis legislativa actual, cada vez más, tiende a responder a una condición de sufrimiento, de grave constricción interior, con un reconocimiento cultural y legal que termina por atrapar a las personas en sus propios conflictos interiores, clasificados ideológicamente en la categoría de “derechos”. Ante las reivindicaciones y reclamos a veces agresivos del mundo gay, la Iglesia está llamada a reconocer el grito de dolor que en ellos se esconde, un pedido de liberación y de misericordia, para responder indicando la fuente misma de la redención, que nace de la Encarnación del Hijo de Dios, del hecho de que el Autor mismo de la vida ha asumido la naturaleza humana sexuada. La radicalidad de la diferencia hombre-mujer, iluminada por la visión cristiana, no es un obstáculo ni una limitación a la felicidad individual, sino una vocación que debe seguirse con valentía también cuando resulta difícil o trabajoso a causa de la propia historia o de los propios errores, un camino necesario y saludable para superar las heridas y las inconsistencias que condicionan la existencia de tantos contemporáneos nuestros. Como nuestro volumen demuestra, la Iglesia no combate a las personas sino a la mentira abstracta e impersonal detrás de la cual a menudo todos, de un modo u otro, tenemos la tentación de escondernos, ofreciendo así a los hombres la indicación inequívoca de la verdadera realización de sí, posible solamente en armonía con la voluntad de Dios.


Mons. Antonio Grappone

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