Una mujer en camino con Juan XXIII y Juan Pablo II

ElisabettaBuscarini
Elisabetta Buscarini -- Italia


Junio de 1963. En una esquina, al fondo del salón, alguien dejó encendida la televisión; las imágenes desde la Plaza de San Pedro; muchas, muchas personas se congregan para saludar por última vez al Papa, Juan XXIII; el féretro, el rostro céreo, la voz del cronista, las palabras y quizá la expresión del rostro de mi abuela, mi padre, mi madre, cuando dicen: “ha muerto el Papa”; y cuando me cuentan sobre su modo de mostrar a Jesús, su delicadeza hacia todos, su caricia para los niños. Tengo cuatro años y todo se me graba en la mente – es uno de los primerísimos recuerdos de mi vida – y en el corazón, como sobre cera blanda, Juan XXIII marca de modo indeleble mi vida con un sello muy particular y precioso: el amor agradecido al Papa, que desde entonces es un anclaje profundo y firme de mi persona.

Juan Pablo II irrumpe a mis veinte años, acompañando y determinando esos años de crecimiento, de opciones, de camino hacia la vida adulta.

Su “no tengáis miedo” es para mí un verdadero llamado a la batalla; me plantea cada día como centro del afecto de mi corazón al Redentor del hombre, Jesucristo, centro del cosmos y de la historia: mi edición de la encíclica, la portada con el rostro del Cristo de Masaccio, lisa y brillante, las habitaciones vacías donde nos encontrábamos con el grupito de catequesis para trabajar sobre el texto, durante todo un año; y teníamos veinte años.

Esos años cambiaron, convirtieron nuestras vidas. En el punto donde se toma, no “una” decisión, sino “la” decisión para la propia existencia: “a Quien pertenece mi vida”; encontramos en Juan Pablo II un testimonio transparente de lo que le sucede a un hombre que se deja conquistar por Cristo.

En mi noviazgo con Nanni entre 1978 y 1985, en las amistades significativas que nos acompañan, en mis estudios de medicina entre 1977 y 1983, en las batallas compartidas con los amigos, como aquella contra la legalización del aborto en 1981, que nos hicieron tomar posición y nos enseñaron qué quiere decir tener (y mostrar) un rostro cristiano en la sociedad: todo ello lo recuerdo como atravesado, cribado, contrastado por el testimonio de Juan Pablo II. Nos va quedando claro que para el cristiano no es posible «apartarse, hacerse extraño al destino de todos los demás: sus hijos y sus amigos forman para él toda la especie humana; respecto al resto de sus conciudadanos, está cerca a ellos pero no los ve; los toca pero no los escucha para nada; vive en sí mismo y para sí mismo y si le queda todavía una familia, se puede decir que ya no tiene patria» (Alexis de Tocqueville). Tomar en serio el destino del mundo, donarse a sí mismo, el propio tiempo, las propias energías, para dar testimonio de Jesús, el testimonio que Él pide y nos permite dar, es el más grande don ante todo para uno mismo, y además para esta época de neblinas. Hacer lo contrario, lo que describe Tocqueville, no basta, no es cristiano, no es humano. 

Hoy, a mis 55 años, después de 29 años de matrimonio, 4 hijos y 31 años de actividad como médico, descifro con gratitud y emoción en el entramado de mi vida, tantos signos de la herencia de Juan Pablo II.

Su llamado tan nuevo, aunque en la línea de la enseñanza de siempre de la Iglesia, a la teología del cuerpo, a la esencia y al significado de ser mujer, me enseñaron la belleza y el orgullo de ser mujer cristianamente, es decir de Cristo; el “no os conformeis” atravesó mi vida; contra el zeitgeist (1968, amor libre, el útero es mío, la mujer independiente, el “tiempo para mí”, la paridad entre los sexos) tuve que optar continuamente por el por qué, la belleza y el milagro de la castidad y del don de sí; en el noviazgo, en el matrimonio, en la opción por la obediencia a la enseñanza de los métodos naturales que significaban la entrega reiterada de mí misma (¡todos los meses!) a un Diseño más grande. 1986, nace la primera de nuestros hijos, 1988 nace el segundo; casi, casi me siento ya felizmente organizada, con el número correcto de hijos; pero una noche, enseñándole a mi niño una canción que dice “toma mi vida, yo Te la doy”, entiendo que el camino correcto va solo en esa dirección. Tendré otros embarazos, de los cuales 2 llevados a término. Somos los chicos de taller, el taller del orfebre Juan Pablo II: fue allí que aprendimos la grandeza infinita del otro y de nosotros mismos; allí comprendimos que la castidad es el único modo adecuado para el deseo infinito que yo y el otro somos, que introduce una belleza y una frescura siempre nuevas en una relación que de otra manera estaría destinada inexhorablemente al desgaste.

Aprendí con Juan Pablo II a afirmar el valor de la relación con mi marido “diversamente” respecto a la cultura dominante, que tuvo muchísima influencia también sobre mi: no el sentimiento fácil, no la rebelión, sino el trabajo de entrega de sí al otro, no obstante la diversidad, las dificultades, los años que pasan y las situaciones incluso muy difíciles que se atraviesan.

Otro rasgo particular del ser sacerdote de Juan Pablo II fue su cercanía a familias de amigos con los que compartió un camino por toda la vida y, en el fondo, ello se refleja de modo clarísimo en el modo concreto y genial como supo hablar de la familia, de la relación entre hombre y mujer, del rol de la mujer. En los años, en sintonía con mi marido y más tarde también con nuestros hijos, nuestra familia también acoje y busca ofrecer compañía a los sacerdotes con el deseo de sostenerlos en su vocación, con la conciencia de que recíprocamente nos mostramos la ternura de Dios.

En la amistad cristiana, junto con mi marido, hemos ido nutriendo continuamente la conciencia de que educar a los hijos quiere decir apostar todo sobre la fe y no sobre nuestras capacidades o las de ellos: en una época de grandes arideces, de falta de coraje, la familia cristiana se ha convertido, como las abadías del Medioevo, en custodia del valor del ser humano en una época de barbarie.

1983, me gradúo en medicina, 1985 me caso, y luego los hijos que hacer crecer: familia y trabajo, ¿un desafío difícil o imposible? Mi generación de mujeres, la de las baby-boomers, hizo por primera vez en la historia un experimento in corpore vivo: en su gran mayoría es una generación que escogió trabajar fuera de casa. Esta opción asumió para muchas el valor de un rescate, de emancipación, de afirmación de la propia autonomía e independencia, incluso respecto al contexto familiar. El leit-motiv de mi generación de mujeres era justamente el prepotente “si trabajas, vales”; el trabajo tiene la máxima prioridad, la carrera y después, si se puede, todo el resto. Una vez más, para no conformarme a esta trágica confusión, busqué continuamente la enseñanza y la compañía de la Iglesia, para que convirtieran día tras día mi amor y devoción por mi trabajo, para que me ayudaran a vivirlo como servicio al todo; incluida mi familia.

Si, queridos Juan XXIII y Juan Pablo II, es verdad todo lo que ustedes me mostraron y que sigue estando ante mis ojos: en el esfuerzo y en la obediencia a las circunstancias de cada día, en Cristo, mi vida de mujer, de esposa, de madre, de hija y hermana, de amiga, de médico, es inimaginablemente más hermosa de lo que soñaba cuando era chica. 

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