Septiembre 2012: Para reflexionar sobre el humanum

Papa Audiencia

El sábado 9 de febrero de 2008 Benedicto XVI pronunció un discurso para los participantes en el Congreso organizado por el Pontificio Consejo para los Laicos, “Mujer y varón: el humanum en su totalidad.” Hoy, a más de cuatro años de aquella ocasión, y en vista a ulteriores profundizaciones, puede resultar extremadamente útil y significativo regresar a reflexionar sobre algunas de las afirmaciones del Santo Padre para obtener de ellas indicaciones y estímulos. Los puntos que se podrían resaltar son muchos; aquí nos concentraremos en una precisa dirección que se configura como un llamado a un compromiso más profundo de estudio y de investigación.

Seguramente es oportuno introducir esta breve reflexión reproduciendo integralmente una frase de Benedicto XVI, para luego desarrollar algunas implicaciones que sucesivamente el Santo Padre subraya: «La relación hombre-mujer en su respectiva especificidad, reciprocidad y complementariedad constituye sin duda alguna un punto central de la "cuestión antropológica", tan decisiva para la cultura contemporánea». Esto significa que no es posible hoy plantear investigaciones que consideren al ser humano abstractamente, es decir, prescindiendo de la diferencia entre los sexos asumidos, justamente, en aquello que los distingue pero también en aquello que los pone en intrínseca, inseparable relación.

La imposibilidad de descuidar tal diferencia se encuentra fuertemente acentuada por el hecho de que la cultura contemporánea, en teoría, presta particular atención a todas las formas de alteridad, es decir, a lo que distingue a los sujetos entre sí, pero luego, en la práctica, a menudo tiende a proponer modelos que resultan irrespetuosos de las peculiaridades personales.

La diferencia hombre – mujer, en este marco, es seguramente la primera forma de alteridad que debe ser considerada porque está presente en todas las sociedades y toca a cada uno / cada una en su interioridad más profunda, aún cuando los estereotipos prevalecientes tienden a minimizarla o inclusive a negar su carácter originario.

Ante esta situación, que el Santo Padre subraya con fuerza, podemos plantear la urgencia de una “renovada investigación antropológica”, amplia y rigurosa, por parte de los cristianos. En primer lugar, es necesario lograr recuperar el patrimonio de la tradición cristiana, contenido en las Sagradas Escrituras y desarrollado en dos mil años de reflexión, para hacer que de éste brote, sin incertezas, la visión de dos sujetos, el hombre y la mujer, iguales por la común naturaleza humana y por la inalienable dignidad, pero originariamente diferentes por su pertenencia sexual.

Este trabajo de recuperación y de re-propuesta, sin embargo, no puede ser conducido en el aislamiento y en la cerrazón a las “hodiernas sensibilidades culturales” que, al contrario y junto a los resultados del progreso científico, deben ser acogidos como desafíos y oportunidades para seguir profundizando las investigaciones.

Las palabras de Benedicto XVI citadas inicialmente contienen, además, lo que puede ser visto como un claro hilo conductor para estas profundizaciones a las que está llamado el pensamiento cristiano, porque, como se ha visto, en ellas, refiriéndose a la relación hombre – mujer, se habla de “especificidad, reciprocidad y complementariedad”, que son, así, indicadas como indisolubles dimensiones de tal relación.

La especificidad, en efecto, nos conduce al carácter originario de la diferencia, inscrita en el cuerpo y en el espíritu de cada ser humano, pero con la advertencia que ella está finalizada, justamente, a la reciprocidad y a la complementariedad, es decir, a una relación en la cual los diferentes dones de cada uno / cada una están finalizados al enriquecimiento mutuo, sin espacio para discriminaciones o afirmaciones de cualquier forma de inferioridad.

Por otra parte, el Santo Padre libera el campo de cualquier equívoco sobre una supuesta contraposición entre naturaleza y cultura que, en cambio, concurren en la estructuración de la identidad personal, evitando de tal modo un doble riesgo. Por un lado, en efecto, se reafirma de tal modo la libertad con la que cada uno / una a partir del carácter sexuado originario puede decidir qué mujer o qué hombre quiere ser, sin que esto, sin embargo, y es el segundo aspecto, se transforme en la negación de la constitutiva pertenencia sexual y que no es jamás un simple constructo socio-cultural.

Como se puede ver, moviéndose desde la breve síntesis aquí propuesta se abren muchas pistas de investigación para quien quiera recoger la invitación del Santo Padre a comprometerse en la reflexión y en la investigación sobre un tema que nos toca a todos, indistintamente, incluso porque, según cuanto ha recordado el mismo Santo Padre, las lecturas reductivas no se refieren solamente a la identidad femenina sino también a la masculina.


Giorgia Salatiello

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