Octubre 2012: Hildegarda de Bingen: dentro y mas allá del siglo de oro del Medioevo

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Giulia Paola Di Nicola & Attilio Danese

Si existe una monja que muestra lo equivocado que está el pensamiento retrógrado/prejuicio sobre las monjas ignorantes y serviles es justamente Hildegarda de Bingen, la benedictina nacida en Bermersheim vor del Höhe en 1098 (un año antes de la conquista de Jerusalén por los cruzados) y muerta en Bingen am Rhein en 1179).

En torno a esta monja se ha desarrollado en los últimos decenios una robusta literatura, a veces crítica, orientada a releer sus obras y valorar una figura que por mucho tiempo y erradamente ha sido considerada “menor”. Esto aún cuando Hildegarda ha sido siempre venerada en la Iglesia católica y beatificada ya en 1324; hubo que esperar a Benedicto XVI para que el 10 de mayo de 2012 su culto fuera extendido a la Iglesia universal inscribiéndola en el catálogo de los santos. Ahora la Iglesia está de fiesta porque Hildegarda será proclamada Doctora de la Iglesia el próximo 7 de octubre de 2012.

Fue una persona verdaderamente privilegiada, nacida de nobles padres que le dieron la posibilidad – rara en sus tiempos – de estudiar teología, música, ciencias y medicina. Privilegiada también por las repetidas experiencias místicas que tuvo desde su más tierna edad: visiones que la acompañaron a lo largo de toda su existencia, haciéndola de algún modo “pasear” sin dificultad entre la tierra y el cielo. Aprendió así a seguir las inspiraciones de “Sophia”, la sabiduría divina femenina, y en consecuencia a elaborar una descripción del universo, del mundo y del hombre imbuida de armonía y de belleza.

Esta monja, última de diez hermanos, que se definía «una pluma abandonada al viento de la confianza en Dios» fue escritora, música y compositora, cosmóloga, artista, dramaturga, sanadora, lingüista, naturalista, filósofa, poetisa, consejera política, profetisa.

Era experta en ciencias naturales y en algunos aspectos profética respecto a la contemporánea sensibilidad ecológica: exaltaba las plantas, los frutos, las hierbas y supo traducir tal amor en alabanza a Dios y en un pequeño tratado de botánica. Llamaba viriditas a la energía vital en la relación entre el ser humano – con sus reflexiones y emociones – y la naturaleza; y la estudiaba como aliada para curar las enfermedades.

¿Qué decir de su música? Es considerada la primera mujer música de la historia cristiana, no solo porque escribió versos y melodías que las monjas de Bingen y de otros monasterios benedictinos ejecutaban, sino sobre todo porque su música sigue atrayendo aún hoy, estudiada por los expertos y divulgada por la industria discográfica. La música era su modo de expresar su amor a Dios a través del canto, logrando aprehender el hilo dorado que liga la realidad en armonía (Symphonia harmoniae celestium revelationum).

En su originalidad, Hildegarda fue también autora de una de las primeras lenguas artificiales: la Lingua ignota, usada con fines místicos, una especie de transliteración del latín y el alemán medieval. El esperanto tiene aquí sus orígenes.

“Sophia” le daba discernimiento y coraje, de modo que su espiritualidad se armonizaba con el difícil rol de fundadora de conventos y organizadora de la vida comunitaria. A pesar de su salud frágil era activísima y emprendió viajes numerosos y nada fáciles, visitando los monasterios que pedían su intervención. Incluso predicó en las plazas (Treviri, Metz…).

Si bien dejó una obra enciclopédica para sus tiempos, Hildegarda es famosa sobre todo por las cartas cargadas de consejos espirituales. Se hizo famosa en toda Europa por esta dote de preciosa consejera interpelada por el Papa, los emperadores, personalidades de relieve (sus contactos con Federico Barbarroja, Felipe de Alsacia, san Bernardo de Claraval, Eugenio III están bien documentados).

Resistía a las dificultades y a las hostilidades de sus contemporáneos, fuerte por la confianza en Dios y la protección del arzobispo de Maguncia y del emperador Federico Barbarroja. Ello no le impedía asumir una posición decididamente contraria al emperador cuando éste entró en contraste con el papa legítimo, Alejandro III, e hizo elegir dos antipapas sucesivos. Seguramente no fue fácil para ella ser quien era y además no eran pocos, incluso entre los obispos, los que se preguntaban por qué se entrometía en problemas como la reforma de la Iglesia y la moralidad del clero y discutía con maestros de teología. La suya no era una vida de simple monja, Hildegarda avanzaba por su camino, humilde e intrépida al mismo tiempo.

No podemos no sorprendernos ante esta monja, que en un contexto cultural en el que las mujeres estaban por lo general excluidas de la instrucción, de la vida pública y eclesial, condujo una vida contra la corriente y superó su siglo. ¿No es más que merecido el tributo que hoy la Iglesia se prepara a rendirle?

No podemos no alegrarnos por el hecho de que el tiempo ha parecido maduro para dar visibilidad y valorar a una de las grandes madres de la fe y de la Iglesia, que enriquece la teoría de mujeres que la cultura reciente está re-encontrando. Es una obra de reconstrucción que algunos centros de investigación histórica, teológica y sociológica están adelantando y que en la Iglesia se hizo evidente sobre todo con Juan Pablo II. No olvidamos cuando el 19 de octubre de 1997 proclamó a Santa Teresa del Niño Jesús “Doctora de la Iglesia”, tercera “excepción” femenina tras Catalina de Siena y Teresa de Ávila. En la XII Jornada Mundial de la Juventud en París (1997), el mismo papa quiso centrar la atención sobre la pequeña Teresa proclamándola como ejemplo a todos los jóvenes del mundo. También recordamos el decreto de Juan Pablo II que el 1 de octubre de 1999 proclamó a Edith Stein co-patrona de Europa, junto a Santa Brígida de Suecia y a Santa Catalina de Siena.

Ahora toca a Hildegarda, presente en un siglo superficialmente considerado oscuro, retrógrado, opresivo. Honorarla significa también recoger una espiritualidad que fascina por su visión holística que une estrechamente la salud del cuerpo y la salvación del alma. Hildegarda quería romper el techo de cristal que separa el mundo del mas allá del mundo terreno y superar las barreras artificiales que separan y contaminan las relaciones. Coherente con la “encarnación” de la tradición cristiana a lo largo de la historia, no perdía ocasión para hacer evidente el lazo entre conocimiento, espiritualidad, naturaleza, sensibilidad, superando los obstáculos y haciendo transparente aquella trama de luz que remite todo a la armonía y la belleza. 

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