Marzo-Abril 2010: "Las familias, la salud reproductiva y los “hijitos de mamá”"

Ha pasado casi desapercibida la Recomendación destinada a los 47 países miembros de la Unión Europea sobre salud sexual y reproductiva, aprobada por la asamblea del Consejo de Europa de Estrasburgo (27 de enero).

La preocupación de Europa (en este caso la propuesta era de la británica Christine McCafferty) parece ser el acceso de los jóvenes, incluso menores, a la contracepción, al aborto gratuito, la esterilización, la fecundación artificial y la libre “orientación sexual”. Todo lo cual incluso sin informar a los padres.

No es difícil darse cuenta de que se trata de un Caballo de Troya para introducir el aborto como derecho, pero no queremos detenernos en una cuestión en la que desde hace tiempo todo el mundo católico y una parte del laico se ha unido para atajar la cultura de muerte de las potentes lobbys farmacéuticas. Quisiéramos al menos hacer notar que los problemas de las familias son muy distintos de la exigencia de dar a las hijas más libertad para abortar. Nos preguntamos, ¿es tan cierto que los chicos y las chicas, para ser maduros y no “hijitos de mamá” deban ser capaces de auto-determinación y solos? El modelo de hombre y de mujer que proponemos ¿es el del individuo libre de lazos o es el de una persona inserta en un contexto relacional de reciprocidad y capaz de cuidar de una familia?

Se descuidan o se trastocan demasiados de los que son los problemas reales. Entre éstos las dificultades de las “familias grandes”. Una investigación conducida por el ISTAT (Instituto Italiano de Estadística – “Familia y sujetos sociales”, 2007), con datos en mano, nos confirma lo que constatamos todos los días: los jóvenes permanecen largo tiempo en casa y dejan la familia de origen solamente para casarse. De 100 que habían declarado en el 2003 que dejarían la propia familia, en realidad salieron poco más de la mitad (53,4%): no obstante tuvieran la intención (cierta o probable).

Dejando de lado las diferencias de cultura, edad, género, las razones citadas por los jóvenes son: matrimonio, 43,7%; autonomía /independencia, 28,1%; convivencia, 11,8%; trabajo, 8%, estudio, 5,5%. La edad más crítica es entre los 25 y 29 años, con el 57,1% de hombres y el 51,3% de mujeres que declaran dificultades económicas.

El fenómeno no deja de suscitar críticas amargas a los jóvenes que han sido catalogados, quizá demasiado apresuradamente, como “hijitos de mamá” y a las familias “maternalistas” y a la sociedad familista “bloqueada”.

En cuanto a los jóvenes, es fácil entender que, solamente por razón de un amor fuerte y estable, se atreverán a lanzarse al mar abierto.

Los problemas de la vida práctica no deben ser menospreciados: el trabajo, ausente o interino, no garantiza la posibilidad de pagar el alquiler de un apartamento (y los gastos anexos), mucho menos una hipoteca, es necesario arreglárselas solo con la casa, la cocina, las mil preocupaciones de las familias y además organizar de alguna manera las veladas para no morirse de tedio y de TV. Irse de casa, aún teniendo la ventaja de no estar sujeto a los ritmos de otros, comporta demasiados riesgos que solamente la fuerza de un amor vivido como estable y fuerte puede ayudar a superar.

Los jóvenes pagan ciertamente el precio de un mundo cortado a la medida de los adultos que no quieren ceder sus privilegios. Pero quisiéramos recordar que el peso de los padres no es menos grave. Para una pareja de hoy, los hijos ya no son el tradicional “bastón de la vejez” … Son los padres los que deben hacerse cargo de una adolescencia que parece no terminar nunca: después de haber conseguido con fatiga acompañar a los hijos a la edad adulta y hacerlos estudiar, se encuentran en la necesidad de completar los míseros salarios de los trabajitos precarios de los hijos y a servirles a de hotel, agencia de empleos, banco para préstamos, seguro para un futuro sin pensión. No siempre la convivencia es fácil. Es más, a veces es dramática. En todo caso, que estén en casa o fuera de casa, los hijos no tienen otro agarradero en su precariedad y fragilidad que el ancla de la familia de origen. En estas condiciones, ¿cómo podemos invitar a los esposos a ser generosos y tener hijos? Estos problemas reales de las familias parecen secundarios a los que apuntan directamente a la salud sexual y reproductiva. Las soluciones propuestas no van a la raíz; en cambio sientan perfectamente a una cultura que se preocupa de exaltar la libertad del yo, lo antes posible, frente a la familia.

Otra pregunta surge espontánea: ¿estamos verdaderamente seguros que siempre que los hijos y los padres permanecen juntos es porque obligados por las necesidades económicas? ¿Por qué debemos mirar a un modelo nord-europeo en el que los hijos dejan la casa lo antes posible, ante un modelo mediterráneo “familista y retrógrado”?

No faltan los jóvenes que permanecen en la familia porque viven contentos con los márgenes de libertad y autonomía que los padres les conceden e incluso porque piensan que es su deber cuidar de los padres.

¿Por qué no preguntarse al menos si el modelo del soltero, conviviente o no, no es el fruto de un proyecto de sociedad que no siempre corresponde al deseo de los jóvenes que, quizá en un futuro, obligados o no por el contexto, tendrán nostalgia de la familia grande y solidaria? ¿Por qué, si no, emerge el deseo cada vez más fuertemente, sobretodo entre jóvenes esposos, de no alejarse de la familia de origen, aún cuando se va a vivir solos, o en todo caso de estar cerca de una comunidad solidaria y estable?

En la base de esta discusión encontramos la pregunta por las relaciones significativas. Trátese de vivir en familia o lejos de ella, solos o en pareja, todos aspiran a un ambiente humanamente cálido y digno de ser habitado, impregnado de aquellos valores del humanismo familiar que educa al respeto de las diferencias y que cuida de la unidad.

Giulia Paola Di Nicola y Attilio Danese

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