Marzo-Abril 2009: "El Sínodo sobre la Palabra de Dios"

Con una solemne celebración eucarística en la basílica vaticana concluyó la XII Asamblea ordinaria del Sínodo de los Obispos, a la que he tenido la fortuna de participar en calidad de experta. Después de tres semanas de profunda reflexión sobre la Palabra de Dios en la vida y la misión de la Iglesia, aún resuena en mi corazón la meditación del Salmo 18 que el Santo Padre nos ofreció en la mañana del lunes 6 de octubre, apenas iniciado el Sínodo: “…La verdadera lectura de la Sagrada Escritura, no es solamente un fenómeno literario, no es sólo la lectura de un texto. Es el movimiento de mi existencia. Es moverse hacia la Palabra de Dios en las palabras humanas. Sólo cuando nos conformamos al misterio de Dios, al Señor que es la Palabra, podemos entrar en el interior de la Palabra, podemos encontrar verdaderamente en palabras humanas la Palabra de Dios… Al entrar en la Palabra de Dios, entramos realmente en el universo divino. Salimos de la limitación de nuestras experiencias y entramos en la realidad que es verdaderamente universal. Al entrar en la comunión con la Palabra de Dios, entramos en la comunión de la Iglesia que vive la Palabra de Dios. No entramos en un pequeño grupo, en la regla de un pequeño grupo, sino que salimos de nuestros límites. Salimos hacia el espacio abierto, en la verdadera amplitud de la única verdad, la gran verdad de Dios. Estamos realmente en lo universal. Así salimos a la comunión de todos los hermanos y hermanas, de toda la humanidad, porque en nuestro corazón se esconde el deseo de la Palabra de Dios, que es una”.

Durante una veintena de días, hora tras hora, la Palabra de Dios ha sido el centro de las intervenciones en el aula, de los debates en los círculos menores y también en los descansos, donde en modo informal se pudieron intercambiar ideas, impresiones, expectativas, y se podía contestar a preguntas de los periodistas, que siguieron a diario este gran evento eclesial. Comunicar la Palabra de Dios es la misión de la Iglesia, es su primera tarea. La Palabra, escuchada y acogida con fe en la Iglesia, no se queda encerrada en el ámbito de los fieles, sino que empuja a los creyentes a anunciar con generosidad el Evangelio a todos, sin excluir a nadie.

La preocupación de los pastores por la difusión de la Palabra en el Pueblo de Dios afloró con mucha fuerza y vitalidad. A pesar de los numerosos problemas registrados (el bajo nivel de las homilías, la dificultad en la lectura del Antiguo Testamento, la escisión entre exégesis y teología, la interpretación “fundamentalista” de los textos bíblicos, el crecimiento y la metamorfosis del fenómeno de las sectas, las situaciones de pobreza, marginación, guerra y persecución en algunas naciones, sobre todo en América del Sur, África y Asia, la escasez de Biblias y la falta de traducciones en muchas lenguas locales…), se percibía un fuerte deseo de enfrentar las dificultades, de trabajar conjuntamente, de compartir los recursos para que la Palabra de Dios, como lo desea la Dei Verbum, se haga accesible al mayor número posible de personas.

El Espíritu Santo creó un ambiente eclesial de comunión, un clima fraterno de búsqueda que favoreció la participación activa de todos los miembros, cada uno según su tarea. En suma, 253 padres sinodales, 40 expertos y expertas y 37 auditores y auditoras, todos juntos trabajamos bajo la sabia guía del Santo Padre Benedicto XVI, para que no sólo la Palabra de Dios llegue a los confines de la tierra, sino para que pueda, sobre todo, expresar su validez “preformativa”, es decir que sea capaz de transformar la vida de los creyentes y de todas las personas de buena voluntad. En un contexto generalizado de secularización, que ya no se limita a los países occidentales, el Sínodo se ha demostrado como un evento de gracias, de verdad capaz de volver a proponer el encuentro personal y comunitario con Jesús, Palabra hecha carne.

Termino nuestro editorial haciendo mías las palabras de Mons. Gianfranco Ravasi: “Queridos hermanos y hermanas, custodiad la Biblia en vuestras casas, leedla, profundizad y comprended plenamente sus páginas, transformadla en oración y testimonio de vida, escuchadla con amor y fe en la liturgia. Cread el silencio para escuchar con eficacia la Palabra del Señor y conservad el silencio después de la escucha, porque ella continuará a habitar, a vivir y a hablaros. Haced que resuene al comienzo de vuestro día para que Dios tenga la primera palabra y dejadla resonar en vosotros a la noche para que la última palabra sea de Dios” (Mensaje del Sínodo, síntesis).

Nuria Calduch-Benages

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