Enero-Febrero 2010: "Propuesta sobre la diferencia"

Esta breve reflexión sobre la diferencia hombre – mujer y sobre el género está basada en un doble orden de consideraciones que intentaremos explicitar inmediata y sintéticamente.

En primer lugar, la antropología cristiana, fundada en la Escritura y en el pensamiento de dos milenios de cristianismo que de ésta saca constante inspiración, no puede cerrarse en la denuncia de los límites de otras consideraciones – aunque esta denuncia sea necesaria – sino que tiene la obligación ineludible e intrínseca de hacer siempre propuestas positivas, es decir, capaces de aprehender toda la riqueza de lo humano y de articular todas las dimensiones que lo constituyen.

En segundo lugar, se debe notar que tras casi quince años de la Conferencia de Pekín sobre la mujer (1995), en la cual el debate sobre el género asumió tonos particularmente encendidos, parece hoy más fácil intentar indicar en positivo, más allá de las polémicas, la contribución que el pensamiento cristiano puede aportar al tema.

Indudablemente, la ideología de género, en sus formulaciones más radicales que proponen la separación de la orientación sexual de la pertenencia a uno u otro sexo resulta incompatible con la antropología cristiana que busca el significado de la feminidad y de la masculinidad en aquel “principio” en el que se expresa el designio originario creador de Dios.

Sin embargo, justamente tal ideología puede constituir para el pensamiento cristiano un desafío y una oportunidad para re-pensar y profundizar, en una lógica dual, el concepto de persona que para el mismo pensamiento cristiano ha sido central y característico.

En efecto, según la teoría del género, la construcción de la identidad sexual por una parte depende de las decisiones libres subjetivas, sin condicionamiento alguno que derive del dato biológico; por otra parte, refleja siempre la múltiple e irreprimible influencia del contexto socio-cultural que propone y a menudo impone los propios modelos de lo que es femenino y masculino.

La antropología cristiana, justamente moviéndose a partir de lo concreto existencial de la persona, ha dado siempre una particular atención a este segundo aspecto de la cuestión, que hoy es urgente renovar y declinar en relación a la diferente pertenencia sexual.

En efecto, así como es cierto que respecto al plan de Dios para la persona es necesario hablar al singular de la mujer y del hombre para expresar la verdad de su condición de criaturas, es asimismo cierto que, refiriéndose a la experiencia vivida, no se pueden descuidar las diversidades históricas y socio – culturales que nos imponen considerar al plural a las mujeres y a los hombres.

Es decir, la teoría de género no aporta ningún elemento nuevo que sea necesario integrar a la antropología cristiana, pero la estimula a ser cada vez más radicalmente fiel al fundamento en el cual ella se radica, buscando que junto a la consideración de la diferencia se considere siempre la diversidad de contextos en los que cada uno vive, encarnando en la singularidad de su existencia irrepetible, como mujer o como hombre, toda la riqueza de lo humano.

Ello resulta particularmente verdadero y urgente ahora que, habiendo concluido hace poco el Sínodo para África, se han hecho evidentes ante los ojos de todos la peculiaridad y la multiplicidad de carismas de las mujeres africanas que no pueden ser en modo alguno consideradas según los modelos y los estereotipos del norte del planeta.

Esta exigencia de conjugar la reflexión sobre la originaria diferencia con la de las diversidades históricas y contingentes requiere que la investigación se articule a distintos niveles que van desde el nivel de la profundización de la palabra de Dios sobre su criatura, al de las indagaciones sociológicas y culturales, pasando por el pensamiento de la filosofía, que permite poner a la luz todas las implicaciones de la idea de persona, en su concreto ser mujer o hombre.

Tal tarea corresponde indistintamente a todos los creyentes, pero llama particularmente a aquellas mujeres que, ante los desafíos del presente, quieran asumir consiente y responsablemente su feminidad, insertándola en un proyecto de vida atento a las exigencias de su fe y del contexto en el que deben dar testimonio de ella.

Giorgia Salatiello

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