De Juan XXIII a Juan Pablo II: la presencia de la mujer

Un don para la sociedad y para la Iglesia

Carlota Rava
Eva Carlota Rava -- Argentina


La declaración de Juan XXIII en su encíclica Pacem in terris, señaló un antes y un después en la enseñanza magisterial respecto de la presencia de la mujer en el mundo y en la Iglesia. Por primera vez el ingreso de la mujer en la vida pública era – en dicho documento – considerado no sólo como un fenómeno de dimensión histórica sino como una característica de nuestra época,  favorecida por la fe, un “signo de los tiempos”. En este nuevo enfoque el papa advertía la cada vez más clara y operante toma de conciencia de la mujer de su propia dignidad y señalaba la exigencia de que fuera considerada y tratada como persona tanto en el ámbito doméstico como en la sociedad:

“Es un hecho evidente la presencia de la mujer en la vida pública. Este fenómeno se registra con mayor rapidez en los pueblos que profesan la fe cristiana, y con más lentitud, pero siempre en gran escala, en países de tradición y civilizaciones distintas. La mujer ha adquirido una conciencia cada día más clara de su propia dignidad humana. Por ello no tolera que se la trate como una cosa inanimada o un mero instrumento; exige, por el contrario, que, tanto en el ámbito de la vida doméstica como en el de la vida pública, se le reconozcan los derechos y obligaciones propios de la persona humana”( Pacem in terris, n. 41).

Por otra parte, para que su enseñanza no quedara en un plano puramente teórico, el papa solicitaba medidas sociales que permitiesen a la mujer compatibilizar su tarea en el seno de la familia con el desarrollo de su profesión: “Por lo que se refiere a la mujer, hay que darle la posibilidad de trabajar en condiciones adecuadas a las exigencias y los deberes de esposa y de madre”  (Pacem in terris, n. 19).

Estas afirmaciones fueron el input de todo un desarrollo en el magisterio y en la praxis eclesial que, con el aporte de las enseñanzas conciliares, alcanzó especial explicitación en el pontificado de Juan Pablo II.

No es posible detenernos en los numerosos documentos que papa Wojtyla  dedicó a la mujer, pero podemos señalar la continuidad de su reflexión, enriquecida por su experiencia personal, desde sus catequésis sobre la Teología del cuerpo, pasando a través de su inolvidable Carta apostólica Mulieris Dignitatem (1988), la Carta a las Mujeres de 1995 con ocasión de la conferencia de Pekín sobre la mujer y la Carta a los Sacerdotes sobre la mujer del mismo año, así como la declaración de santa Teresita, Doctora de la Iglesia en 1997.

Entre los muchos aspectos de su magisterio sobre la mujer señalaré dos: uno, referido  a su especial aporte en la vida pública y en la elaboración de la cultura, el otro que incide directamente en la vida eclesial,  sobre la actitud que el sacerdote está llamado a “cultivar” respecto de la mujer.

¿Cuál es la peculiar contribución de la mujer en la vida social? Juan Pablo II subraya su singular capacidad de conciliar razón y sentimiento, de ofrecer una visión de la vida que integre los avances científicos y técnicos a los cuales ella también contribuye con los valores del espíritu, su don de comprender al ser humano en  su verdad más profunda – en su grandeza y en sus límites – porque  lo ve no sólo con la razón sino con el corazón, su sentido de la vida abierto al misterio, su capacidad de entrega total y cotidiana al servicio de los demás, sus inagotables energías espirituales en todos los ámbitos de la vida social, económica, cultural, artística y política.

Esta presencia de la mujer con su fuerza inspiradora y su extraordinaria energía, fue durante siglos una linfa secreta, pero está llamada a realizarse con una presencia tangible y plena, en igualdad de derechos y posibilidades respecto del varón. Su postergación durante siglos, fue un verdadero empobrecimiento de la humanidad entera de auténticas riquezas espirituales (cf. Carta a las mujeres, n.3) y aún hoy la mujer no ha alcanzado en la sociedad la presencia deseada por Dios.  

Sin embargo, si deseamos superar las contradicciones de una sociedad organizada sobre puros criterios de eficiencia y productividad y caminar hacia una verdadera “civilización del amor”, esta inserción a pleno título no es sólo un deber de justicia sino una necesidad. Dios ha creado a la mujer como ayuda adecuada del varón y sólo así, en la reciprocidad y  complementariedad de sus dones, se realizará el plan fundamental del Creador en la historia de la humanidad.

Esta ayuda, que señala Juan Pablo II en sus documentos, abarca también la relación del sacerdote con la mujer, con el consiguiente enriquecimiento, crecimiento y renovación para la Iglesia.

En su Carta a los sacerdotes, Juan Pablo II observa la importancia de “cultivar” la relación con la mujer. Ante todo con la mujer madre, que está no sólo en el origen de su vida sino muchas veces  también de su vocación; con la mujer hija, destinataria  de su ministerio, y de modo especial con la mujer hermana ya que «en Cristo, hombres y mujeres son hermanos y hermanas, independientemente de los vínculos familiares. Se trata de un vínculo universal, gracias al cual el sacerdote puede abrirse a cada ambiente nuevo, hasta el más diverso bajo el aspecto étnico o cultural, con la conciencia de deber ejercer en favor de los hombres y de las mujeres a quienes es enviado un ministerio de auténtica paternidad espiritual, que le concede "hijos" e "hijas" en el Señor (cf. 1 Ts 2, 11 ; Gál 4, 19)» (n.4).

Esta actitud, como la de Jesús, está hecha de apertura, respeto, acogida y ternura (cf. Carta a las mujeres, n. 3) y permite descubrir la específica belleza espiritual de la mujer así como su “carácter intangible”. Sin duda esto requiere la ayuda de la gracia y la especial protección de María Virgen y Madre, pero de este modo el sacerdote alcanza una especial madurez,  suscita una gran confianza precisamente en las mujeres, consideradas por él, en las diversas edades y situaciones de la vida, como hermanas y madres y le permite encontrar en ellas insustituibles colaboradoras. Por su parte también la mujer está llamada a vivir una «fraterna femineidad» que suscite los mejores sentimientos de los que es capaz el varón, lo cual deja siempre una huella de agradecimiento en su vida. (cf. Carta a los sacerdotes, n.5).

Estas consideraciones sobre el aporte de Juan XXIII y Juan Pablo II a la presencia, valoración y ejemplaridad de la mujer en la sociedad y la Iglesia son sólo un signo: quieren ser un acto de agradecimiento a estos dos grandes pontífices que han confiado tanto en nosotras, mujeres y mujeres católicas, que han sabido leer la creación y la historia con los ojos puros de Jesucristo y que han puesto en nuestras manos también una grande y dichosa responsabilidad.

Nos alegramos que su canonización tenga lugar en este tiempo pascual, ya que fueron sobre todo mujeres los testigos valientes de la agonía, muerte, unción y deposición de Jesucristo en el sepulcro así como los primeros testigos de la tumba vacía  y  una mujer, María Magdalena, fue la primera en anunciar la verdad de la Resurrección (cf. Carta a los sacerdotes, n.6).

Sentimos que también hoy – con las oportunas variantes – nos están dirigidas estas palabras que Juan Pablo II escribía a su hermana e hija espiritual : «Eres tan necesaria : a tu marido, a tus hijas, a la Iglesia, a los sacerdotes, a las parejas de esposos, a mí. A todos nos es necesaria tu persona» (W. Poltawska, Diario de una amistad).

                                                                                                                      Eva Carlota Rava

                                                                                                                              Servidora

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