El trabajo del hogar: Una riqueza a explorar

debeljuh

Dra. Patricia Debeljuh
(Ideas extraídas de su último libro “Varón + Mujer = Complementariedad” publicado por LID Editorial)
Directora del Centro Conciliación Familia y Empresa
IAE Business School – Universidad Austral
ARGENTINA

¿Cuánto tiempo le dedica una persona al trabajo del hogar? ¿Le dedica más horas la mujer o el varón? La primera pregunta es más difícil de calcular, la segunda parece obvia. La experiencia diaria corrobora que si se suman las horas de trabajo no remunerado en casa, la jornada total de trabajo es mucho más extensa para las mujeres que para los hombres. Los estudios destacan que las horas destinadas por ellas a quehaceres domésticos son hasta cuatro veces mayores que las que dedican los varones.1

Muchas veces el trabajo del hogar es visto como una carga pesada, rutinaria, sin brillo, de la que la mujer moderna tiene que liberarse gracias en parte a los avances de la tecnología. Sin embargo, si la supuesta emancipación de la mujer fuera tan sólo liberarse de las tareas del hogar, sería algo demasiado insípido y constituiría un empobrecimiento para ella, para la familia y para la sociedad. Hay que ambicionar algo más valioso. La casa no exige sólo la “presencia” de la mujer sino un verdadero aporte de los valores femeninos para la construcción de un hogar. No hay que olvidar que el hogar sigue siendo la fuente insustituible de la satisfacción general de las personas y, por eso mismo, es preciso dedicarle tiempo y esfuerzos.

Ahora bien, antes de meternos de lleno en esta cuestión, es importante aclarar que siempre se ha pensado que la atención a los trabajos domésticos es una responsabilidad propia de las mujeres y si bien es cierto que ellas están más dotadas y capacitadas para sacarlos adelante, no debería ser una competencia exclusivamente femenina. En una cultura como la nuestra en la que el reparto de responsabilidades del hogar y del cuidado de los hijos aún recae mayoritariamente en la mujer, la conciliación del ámbito laboral con el familiar representa una preocupación mayor para ellas, pero también lo es para ellos. De hecho cada vez hay más hombres involucrados en estas cuestiones que empiezan a replantearse cuál ha de ser su rol como padres de familia.

Los servicios de atención al hogar y cuidado de las personas producen bienes con mayor externalidad social por cuanto conllevan beneficios generalizados a quienes no pagan directamente por ellos y, además, quienes se ocupan de esas tareas tienen en sus manos la responsabilidad del desarrollo de las nuevas generaciones. Sin embargo, el mercado penaliza estos servicios no sólo porque no los incluye en las cuentas nacionales ni existen en las estadísticas oficiales ni el Estado paga por ellos sino porque, con frecuencia, se trata de tareas que permanecen invisibles y se las considera de poca categoría. Es necesaria una política estatal que asuma que, por ejemplo, el cuidado de los enfermos y mayores es un tema de la sociedad, y no sólo de las familias. Es más, “pensar que el cuidado y el trabajo en el hogar es un asunto que compete sólo a las mujeres, ha impedido que mejore su calidad de vida ya que las familias se han transformado pero las expectativas hacia ellas permanecen inalteradas, a costa de su autonomía, desarrollo y bienestar. La solución a esta situación exige la colaboración del Estado y de todos los actores sociales, en un enfoque integrado de políticas públicas que hagan compatible la vida familiar y laboral para todas las personas sobre la base de que el cuidado humano es también una responsabilidad de los hombres y de toda la sociedad.”2

El hogar no es algo estático o rígido, se va configurando como un cuerpo vivo, con estilo y personalidad propios, que palpita en cada uno de sus miembros, crece y evoluciona con ellos, asimila sus diferencias mediante el diálogo, se adapta a los avatares de cada vida, comparte alegrías y penas orientándolas al fin común: la felicidad de todos y cada uno. Es precisamente en el seno de cada familia donde se transmiten los valores que llegarán a convertirse en verdaderos proyectos de vida para cada persona. La familia es un grupo social en el que las personas se conocen entre sí y entablan relaciones permanentes, es decir, que perduran a través del tiempo.

Para que todo esto pueda darse, es preciso que exista un entramado variadísimo de actividades y trabajos llamados generalmente tareas domésticas, que engloban una compleja trama de servicios, competencias, destrezas, costumbres, encargos, tradiciones, ritos, etc., con los cuales el hogar toma conciencia de sí, se une orgánicamente, mantiene su continuidad histórica y disfruta de la vida en familia. Estas tareas manifiestan el vínculo afectivo entre las personas y el compromiso de contribuir a su felicidad.

Trabajo fuera de casa y trabajo en el hogar son dos ámbitos de desarrollo humano y profesional que se enriquecen mutuamente. Pero no hay que olvidar que el primero es instrumental para la familia, y no al revés. El ejercicio profesional fuera de casa y el quehacer también profesional dentro de ella son dos esferas que de ningún modo deberían enfrentarse, tienen necesidad de ser conciliadas ya que tanto una tarea como otra son, en el fondo, ejercicio de la búsqueda sincera del bien para los demás. Hogar y familia han de ocupar el puesto central en la vida de la mujer y del varón por una razón poderosísima: la dedicación a los menesteres familiares en el sentido más amplio y noble del término, compone sin duda el más grande quehacer que cualquier ser humano puede realizar.

Ha llegado el momento de que ambos, varón y mujer, construyan juntos tanto la columna visible como la invisible, de que ambos se hagan co-responsables del ámbito laboral y del familiar. Esto implica reservar tiempo y energía para poder liderar la propia vida y ser constructores de hogar y valorar la importancia que la dedicación al hogar tiene para cada miembro de la familia. Darse cuenta de que estas tareas son un pilar, muchas veces invisible, que sostiene la solidez de una familia. Ese sostén, muchas veces oculto y callado, tiene raíces muy profundas basadas en la dignidad de la persona, el auténtico valor del servicio y el interés incondicional por el bienestar de los demás.

Hace falta valorizar a nivel social el trabajo del hogar con todo lo que él implica: la atención y cuidado de las personas equiparándolo en igual medida al reconocimiento que tiene la producción de bienes y servicios. De igual modo, es preciso no sólo conseguir que los hombres compartan las tareas domésticas con las mujeres – algo que se encuadra en la esfera privada de las parejas y que éstas deben resolver en cada caso – sino de que los hombres y mujeres encuentren vías que les permitan atender los asuntos familiares sin desatender o abandonar sus compromisos profesionales. Para eso, es preciso promover un nuevo pacto global de responsabilidades compartidas entre mujeres y varones y con la sociedad, hace falta abordar la co-responsabilidad como alternativa que traerá muchos beneficios tanto a los hombres como a las mujeres.

1 OIT: “Trabajo y familia: hacia nuevas formas de conciliación con corresponsabilidad social”, PNUD 2009, p. 67.

 

2 OIT: “Trabajo y familia: hacia nuevas formas de conciliación con corresponsabilidad social”, PNUD 2009, p. 10.

 

© Copyright 2011-2015  Consejo Pontificio para los Laicos | Mapa de la web | Links | Contactos