Las actas del Congreso

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El Congreso mundial de los movimientos eclesiales y nuevas comunidades

Con vistas al encuentro en la plaza de San Pedro de la vigilia de Pentecostés, tuvo lugar en Rocca di Papa, del 31 de mayo al 2 de junio, el II Congreso mundial de los movimientos eclesiales y nuevas comunidades sobre el tema: “La belleza de ser cristiano y la alegría de comunicarlo”. El Consejo Pontificio para los Laicos reunió a más de 300 delegados provenientes de numerosos países y diversas experiencias agregativas, para reflexionar sobre el tema inspirado en las palabras pronunciadas por Benedicto XVI en la homilía de la santa misa en el solemne inicio de su pontificado, el 24 de abril de 2005: “Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con Él”. El objetivo del Congreso fue reflexionar sobre la naturaleza misma del acontecimiento cristiano, de cómo éste es vivido en los movimientos y en las nuevas comunidades, de cómo se educa a este misterio y sobre el modo de comunicarlo para ir al encuentro de los deseos y expectativas de los hombres de nuestro tiempo.

No se trató, por lo tanto, de una ulterior presentación de los movimientos y nuevas comunidades que, en su conjunto, cargan ya con decenios de historia y una amplia difusión en la vida de la Iglesia. La mayoría de estas nuevas realidades agregativas, de hecho, ya han obtenido el reconocimiento canónico por parte de la Santa Sede y actúan en muchas iglesias locales de los cinco continentes. La inolvidable experiencia del 30 de mayo de 1998 contribuyó a una conciencia más profunda de la naturaleza, el servicio y las obras de estas diversas realidades que edifican la Iglesia y la renuevan en su misión.

Así el II Congreso se organizó para un mayor crecimiento hacia la meta de la plena “madurez eclesial” deseada por Juan Pablo II, siendo además una ocasión para compartir la riqueza de los diversos carismas, para resaltar el valor educativo y renovar el impulso misionero.

Entre los más de 300 participantes del Congreso se encontraban fundadores, iniciadores y responsables de alrededor de 100 realidades eclesiales, en gran parte reconocidas a nivel internacional por la Santa Sede; también estaban presentes algunas realidades reconocidas a nivel diocesano pero ya presentes en diversas iglesias particulares. Entre los invitados se contó además con la presencia de algunos representantes de dicasterios de la Curia Romana, algunos miembros y consultores del Consejo Pontificio para los Laicos, unos cuarenta obispos de diversos continentes, “observadores ” de varias instituciones católicas y delegados de otras iglesias y confesiones cristianas.

El mensaje que el Santo Padre envió al inicio del Congreso fue un importante aporte para los trabajos del mismo en el cual hizo un llamado a los movimientos: “Llevad la luz de Cristo a todos los ambientes sociales y culturales en los que vivís... Iluminad la oscuridad de un mundo trastornado por los mensajes contradictorios de las ideologías. No hay belleza que valga si no hay una verdad que reconocer y seguir, si el amor se reduce a un sentimiento pasajero, si la felicidad se convierte en un espejismo inalcanzable, si la libertad degenera en instintividad”. Frente a todos estos reduccionismos de la experiencia humana auténtica que generan un mundo “turbado”, utilizando una expresión del mismo Papa, el Santo Padre invita a ofrecer “el testimonio de la libertad con la que Cristo nos ha liberado.

La extraordinaria fusión entre amor de Dios y amor al prójimo embellece la vida y hace que vuelva a florecer el desierto en el que a menudo vivimos”. S. E. Mons. Stanisław Ryłko leyó el texto a los participantes en el momento de la introducción a los trabajos del Congreso. Seguidamente el Presidente del Consejo Pontificio para los Laicos quiso recordar el encuentro de 1998 haciendo un balance del camino recorrido con Juan Pablo II, enumerando los signos de la madurez eclesial de los movimientos: “el sentido de la comunión cada vez más sólida con el Papa y con los pastores y una comunión fraterna entre las diversas realidades”; “el compromiso misionero. Los carismas generan itinerarios de iniciación cristiana que llevan a vivir la fe con radicalidad evangélica”; “la madurez, esta juventud del espíritu, fruto de su fidelidad cotidiana al carisma que los ha originado”.

Las tres ponencias principales fueron confiadas a los cardenales Christoph Schönborn, O.P., Marc Ouellet, P.S.S. y Angelo Scola, que afrontaron respectivamente las cuestiones cristológicas (“Cristo, el más hermoso entre los hijos de Adán”), eclesiológicas (“La belleza de ser cristiano”) y pastorales (“Movimientos eclesiales y nuevas comunidades en la misión de la Iglesia: prioridades y perspectivas”) del tema escogido.

“El significado profundo de este Congreso en preparación del encuentro de Pentecostés —dijo en su ponencia el cardenal Schönborn, arzobispo de Viena— está precisamente en ver cómo las semillas de la belleza echadas por Cristo crecen y dan fruto”.

Cristo mismo es la belleza, afirmó el cardenal, por eso “lo verdadero, lo bueno, lo hermoso no son atributos externos de Dios, sino que coinciden con el mismo ser de Dios. Dios es la Verdad, el Bien, el Amor, la Belleza”. Y Jesucristo nos lleva hacia su misma belleza, una belleza divina “hecha accesible por su encarnación. Abrirse a Cristo significa, por lo tanto, “permitir que un flujo vital de belleza se derrame sobre nosotros, sobre el mundo envilecido por el pecado, desfigurado por el mal”. El Card. Schönborn señaló que es en la santidad donde se encuentra el fruto más precioso de la belleza de Cristo: “No hay nada más hermoso en el mundo que la santidad. Se puede decir de los santos lo que afirma la carta a los hebreos de Cristo: soy como “el resplandor de la gloria de Dios””. El arzobispo de Viena no dejó de delinear otro rostro de Cristo, aquél descrito en los salmos: el rostro del hombre del dolor, abandonado por los hombres, objeto de burla, aquel rostro sin belleza que no atrae la mirada de nadie. Es el rostro del crucificado. Pero precisamente desde la cruz nos excarcela otra belleza, la de la misericordia, de aquel amor que hizo decir a san Pablo: “Sólo conozco a Cristo y Cristo crucificado”.

El cardenal Ouellet, arzobispo de Québec y primado de Canadá, desarrolló su ponencia iniciando con algunas preguntas: “¿Es la estética de verdad un camino fecundo para la Iglesia de hoy? En ciertos aspectos, el cristianismo actual erradicado de sus fuerzas vivas, ¿no corre el riesgo de aferrarse a una situación de residuo cultural de otra época? Me atrevo a aventurar como hipótesis o como apuesta que me parece que el camino de la belleza esté en el de los movimientos eclesiales y nuevas comunidades. Al inicio del tercer milenio ¿no estamos (quizás) llamados a partir de la belleza de Cristo?”.

Citando a Hans Urs von Balthasar, el arzobispo de Québec subrayó cómo “el camino de lo hermoso va al encuentro de las aspiraciones más profundas del corazón humano”. Advirtió que “hoy es urgente explorar esta vía de la belleza desde el momento que el punto de vista de la verdad y la bondad llegan con menos viveza al hombre actual impregnado de escepticismo y relativismo. La tarea de los cristianos consiste en restaurar esta armonía entre la verdad, la bondad y la libertad, a partir del encuentro vivo con Cristo para que despierte el corazón del hombre y dé sentido a su vida abriéndolo a la totalidad de la realidad”.

La última jornada del Congreso de los movimientos y nuevas comunidades, viernes 2 de junio, estuvo marcada por la ponencia magistral del patriarca de Venecia, el Card. Angelo Scola, que delineó las prioridades y perspectivas de los movimientos y nuevas comunidades en la misión de la Iglesia. Después de recordar que el motor absoluto de la misión de cada uno de los cristianos y de las comunidades cristianas es el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesucristo, el cardenal Scola puntualizó el significado de la expresión “coesencialidad” referido a las dimensiones institucional y carismática de la Iglesia: “Es importante notar que, cuando se habla de coesencialidad de dimensión institucional y dimensión carismática — explicó el Patriarca de Venecia — de ningún modo se debe pensar en “dos componentes” de cuya síntesis dialéctica surgiría la realidad de la Iglesia. La palabra coesencialidad indica, por el contrario, la unidad dual propia del evento Iglesia en cuanto tal: aquella institucional y aquella carismática son dimensiones de toda realización de la Iglesia [...]. Es un pretexto y, por tanto, un error reducir a los movimientos al ámbito de la pura dimensión carismática y relegar a las diócesis, parroquias y agregaciones clásicas a aquélla institucional. Ambas dimensiones, con diversas gradaciones, son constitutivas de cada una y de todas estas realidades”. “Hablar de perspectivas y prioridades — dijo después el cardenal, entrando en el corazón de su ponencia — significa señalar las condiciones esenciales a las que los movimientos y nuevas comunidades han de permanecer fieles, si quieren que el origen gratuito de su experiencia se convierta en fuente permanente de la libre adhesión de cada miembro al encuentro con el Señor y camino grato para la misión a nuestros hermanos”. Por lo tanto, no se trata de inventar nuevos programas o planes pastorales, sino de comprender cómo permanecer fieles al propio carisma y continuar proponiéndolo en tiempos de “cambio generacional ”; se trata de mostrar la fecundidad de estos “nuevos carismas” “en la medida que cooperan eficazmente para que Cristo sea conocido hoy”. Pero hay que evitar el grave riesgo de indebidas homologaciones: “Para la misión de los movimientos y nuevas comunidades no existe un único camino que todas estas realidades deban recorrer”.

“Es maduro el tiempo —dijo además el cardenal Scola— para que se reconozca que la acción y reflexión sobre la misión de los nuevos movimientos en la Iglesia ya no puede ser considerada un capítulo independiente, sino que debe desarrollarse necesariamente al interior de la Iglesia universal y de las iglesias particulares, en la sinfonía común de todas las agregaciones de fieles, incluso de las clásicas”.

Las mesas redondas consintieron iniciar una confrontación sobre dos dimensiones fundamentales de la acción de los movimientos y nuevas comunidades, es decir, los itinerarios educativos y el testimonio de la belleza de Cristo al mundo de hoy, gracias a los aportes de los iniciadores y responsables de los principales movimientos y comunidades, como también de algunos expertos en este campo. Los debates y grupos de trabajo que siguieron a las ponencias principales tuvieron como objetivo el permitir a todos los participantes de enriquecer el Congreso con sus experiencias y reflexiones.

El Consejo Pontificio para los Laicos ha dado ya luz verde a la realización del volumen de las actas del Congreso que será publicado en los próximos meses en varias lenguas; será un instrumento fundamental para el proseguimiento de las reflexiones. El Congreso se caracterizó por un verdadero clima de amistad que se respiró tanto a lo largo de los trabajos como también durante los diversos intervalos y en el momento de las comidas, que fueron ocasiones preciosas para profundizar el mutuo conocimiento y el diálogo. La tarde del 1º de junio estuvo dedicada a un concierto de música clásica, mientras que en la tarde y noche del 2 de junio, una vez concluidos los trabajos, varios movimientos y nuevas comunidades asumieron la responsabilidad de organizar encuentros y vigilias de oración en diferentes basílicas e iglesias de Roma.

A los numerosos peregrinos que habían ya llegado a la “Ciudad eterna” se les ofreció momentos fuertes de oración y de preparación espiritual para el encuentro de la vigilia de Pentecostés, permitiéndoles una mayor apertura y disponibilidad del corazón para acoger plenamente el don del Espíritu Santo con una actitud de profunda comunión con el Santo Padre.

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