Movimientos eclesiales: un don de Dios para la nueva evangelización…

En el N.º 115 del Instrumentum Laboris leemos que «el florecimiento en estas décadas, en modo frecuentemente gratuito y carismático, de grupos y movimientos dedicados prioritariamente al anuncio del Evangelio es otro don de la Providencia en la Iglesia».

El magisterio de los últimos pontífices ha corroborado en muchas circunstancias esta naturaleza providencial de la «nueva época asociativa de los fieles laicos»1, destacando así la estrecha relación con el «renovado Pentecostés»2. En modo particular, el beato Juan Pablo II no cesó de remarcar el dinamismo misionero de los movimientos y las nuevas comunidades que «representan un verdadero don de Dios para la nueva evangelización y para la actividad misionera propiamente dicha. Por tanto, recomiendo difundirlos y valerse de ellos para dar nuevo vigor, sobre todo entre los jóvenes, a la vida cristiana y a la evangelización, con una visión pluralista de los modos de asociarse y de expresarse»3. El papa Benedicto XVI, por su parte, en un discurso dirigido a obispos, corroboró que «un medio providencial para un renovado impulso misionero son los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades: acogedlos y promovedlos en vuestras diócesis»4. En otra ocasión animó a los obispos a que los acogieran «con mucho amor»5. En efecto, los itinerarios pedagógicos nacidos de los carismas de los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades, han producido en muchos fieles laicos – hombres y mujeres, adultos y jóvenes – un extraordinario impulso misionero, la valentía y la alegría de anunciar a Cristo así como una sorprendente fantasía misionera.

Lamentablemente, los movimientos y las nuevas comunidades siguen siendo un recurso que todavía no es valorizado del todo en la Iglesia, un don del Espíritu y un tesoro de gracias que sigue oculto a los ojos de muchos pastores, los cuales quizá se sienten intimidados por la novedad que aportan a la vida de las diócesis y las parroquias. El Santo Padre es muy consciente de esta dificultad, por lo que exhorta a los pastores a «no extinguir los carismas» y a «estar agradecidos, aunque a veces sean incómodos»6. Por ello, es necesaria una verdadera “conversión pastoral” de los obispos y sacerdotes, llamados a reconocer que los movimientos son, sobre todo, un precioso don y no un problema.

El impulso misionero de las nuevas realidades no deriva de un entusiasmo emotivo y superficial, sino que brota de experiencias muy serias y exigentes de la formación de los fieles laicos hacia una fe adulta, capaz de responder en modo adecuado a los desafíos de la secularización7. Por lo tanto, no hay que buscar la novedad de su acción en sus métodos sino en la capacidad de reafirmar la centralidad de Dios en la vida de los cristianos, cuestión fundamental en las enseñanzas del Santo Padre Benedicto XVI. Para la tarea de la nueva evangelización vale también el antiguo refrán: operari sequitur esse, porque nuestro actuar expresa siempre lo que somos. La evangelización no es sólo y no es tanto una cuestión de “saber hacer”, sino sobre todo una cuestión de “ser”, es decir de ser cristianos verdaderos y auténticos.

Dicho sea de paso, los métodos de evangelización, que los movimientos y las nuevas comunidades adoptan, son – aparentemente – muy diversos, verdaderamente multiformes, pero todos tienen su origen en las “tres leyes de la nueva evangelización”, que el entonces cardenal Ratzinger formuló para catequistas y profesores de religión con ocasión del Jubileo del Año 20008. En primer lugar, la “ley de la renuncia”, es decir, el evangelizador no es el dueño del mensaje que anuncia, sino un siervo humilde; no habla a nombre propio sino a nombre quien lo ha enviado. «Evangelizar no es tanto una forma de hablar; es más bien una forma de vivir», quien evangeliza debe tener la clara conciencia de pertenecer a Cristo y a la Iglesia, que transciende el propio yo. La segunda ley es la “ley del grano de mostaza”, es decir el valor de evangelizar con paciencia y perseverancia, sin pretender obtener resultados inmediatos, recordando siempre que la ley de los grandes números no es la ley del Evangelio. Esta es una actitud que podemos reconocer, por ejemplo, en la obra de evangelización realizada por los movimientos y las nuevas comunidades en las zonas más secularizadas de la tierra. La tercera “ley” es la del “grano de trigo” que, para dar la vida, debe morir. Un evangelizador debe aceptar la lógica de la cruz. Según tal criterio debe verse también el regreso de los mártires en nuestra época. Estas leyes, recordadas por el entonces Cardenal Ratzinger encierran el secreto más profundo de la fecundidad de la obra de evangelización no solo de los movimientos eclesiales sino de toda la Iglesia en todos los tiempos.

1 Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Christifideles Laici, N.º 29.

2 Cfr. Juan Pablo II, Discurso a los movimientos eclesiales y nuevas comunidades, 30 de mayo de 1998, N.º 4.

3 Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptoris Missio, N.º 72.

4 Benedicto XVI, Discurso a los obispos de Mozambique, 26 de mayo de 2007.

5 Benedicto XVI, Discurso a los obispos de Alemania, 18 de noviembre de 2006.

6 Cfr. Benedicto XVI, Discurso a los párrocos de la diócesis de Roma, 22 de febrero de 2007.

7 Benedicto XVI, Discurso a los miembros del movimiento de los Focolares y de San Egidio, 8 de febrero de 2007.

8 Cfr. J. Ratzinger, Conferencia durante el Congreso de catequistas y profesores de religión, 10 de diciembre de 2000.

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